Como
venía diciendo, la puerta de las sociedades posteriores se abre
con un cambio de conciencia. Una de las partes más críticas de
ese cambio es el abandono de los modelos de depredación.
De
cómo se abandona el
modelo de depredación
El
modelo del depredador nutre a aquel que no se siente un triunfador
realizado si todos los días no se desayuna crudos a un par de subordinados
y a tres o cuatro clientes "estúpidos", por lo menos.
Le
sirve también a aquel otro cuyo mérito principal consiste en obtener
repetidamente ayudas económicas, subvenciones, concesiones ventajosas
u otros tratos de favor, sin devolver a cambio otra cosa que su
capacidad de consumo, su voracidad y su codicia.
Sirve
finalmente, a un tercero cuya fortuna todos saben que es fruto
de la corrupción.
Ahora
que estamos dando los primeros pasos hacia las sociedades de transformación,
los valores del éxito están todavía ligados a los comportamientos
de depredación o parasitismo. Pero esto no quiere decir que no
se registren igualmente ciertos cambios y que los valores de la
depredación, aún con ser predominantes, no hayan iniciado
ya un cierto retroceso.
Pero
esos pasos son aún débiles y titubeantes. Las defensas actuales
frente a los valores de la depredación consisten mayormente en
la persecución de las personas que jurídicamente son perseguibles.
Es decir, los casos para los que hay delitos tipificados y para
los que se han podido reunir pruebas fehacientes. Todo lo demás,
se cuela. Eso es aún demasiado poco para abrir las puertas de las
sociedades posteriores.
Además,
el problema último no son esas personas, en sí mismas, sino el
entramado de valores que hace que esas personas y otras muchas
continúen actuando de una manera inconveniente. Porque esas personas,
más allá de los despropósitos cometidos, lo único que han hecho
ha sido seguir modelos de éxito socialmente aceptados, perseguir
objetivos que eran considerados como admirables y valiosos por
parte de muchos.
El
acceso a las sociedades de transformación, por lo que hace a la
erradicación de la depredación y el parasitismo, no ha de depender
exclusivamente de las leyes y del funcionamiento de la justicia.
Requiere de una transformación interior que debe realizarse en
lo pliegues más íntimos de la conciencia de cada cual. Esta
necesidad se acentúa todavía mucho más en las inmediaciones de
las puertas de acceso a las sociedades posteriores.
Las
personas deben abstenerse de esos juegos, no porque puedan ser
perseguidas. O peor, porque no están en posición de perpetrarlos.
Lo que debe detenerlas es la convicción íntima de que las relaciones
simbióticas, a la larga, son más beneficiosas para ellas
mismas.
Lo
que quiero subrayar es que no hay acceso a las sociedades posteriores
sin un cambio substancial de los valores. Pero para aproximarnos
a la cuestión fundamental del cambio de valores del éxito, primero
es necesario recordar para qué sirven los valores y por qué la
gente los adopta.
Precisiones
básicas
sobre los valores
En
las sociedades más tradicionales, los valores se adoptan por impregnación
durante la infancia y más tarde, a lo largo de la vida. La gente
asume lo que les transmite la tradición. Y se supone que los valores
del pasado constituyen la parte más noble del legado que se recibe
de los mayores.
En
las sociedades más abiertas hay todavía mucha impregnación, a través
de la familia, la escuela y las instituciones sociales. Pero empieza
a haber también una cierta autonomía individual respecto de los
valores legados. Para ciertas personas, los valores asumidos son
el resultado de una elección personal. Ahora bien, ¿cómo ocurre
exactamente?
Los
valores que uno elige y adopta se asumen para lograr un beneficio
emocional. Sirven para sentir que uno es decente, para obtener
buena conciencia, para justificar lo que uno hace, para atenuar
los sentimientos de culpa, para aumentar el respeto que cada uno
siente hacia si mismo y para promover la admiración, el respeto
y la estima que se recibe de los otros.
Pero
además de confort emocional, los valores también pueden adoptarse
por otras consideraciones de tipo más práctico. Por ejemplo, uno
puede abandonar ciertos valores si no contribuyen a realizar lo
que uno se propone. Entonces puede adoptar otros que se lo faciliten.
Los
modelos de la depredación, la necrosis y el parasitismo se pueden
abandonar si uno lograr creer que las relaciones simbióticas pueden
proporcionar un mayor confort emocional y, al mismo tiempo, procurar
ventajas prácticas concretas.
Sin
embargo, es un proceso arduo que requiere un cambio de mentalidad,
el abandono de hábitos que se activan automáticamente y la incorporación
y asimilación de nuevos automatismos.
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