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Consideraciones
previas a
la formulación de la política
cultural
para el siglo XXI
Hasta
este momento, la política cultural se ha
entendido como una política de gestión de
las manifestaciones artísticas: teatro,
museos, industria audio-visual etc. Con el añadido
de la política lingüística, particularmente
activa en algunas sociedades, todo aquello que
se ha entendido como el objeto de la política
cultural durante el siglo XX, será muy
distinto en el siglo XXI.
La
política cultural articulada alrededor de la
admisión y la disipación de novedad, debe
empezar a construirse a partir de ahora y no
es previsible que alcance toda su proyección
hasta la segunda década, entre 2010 y 2020 y
más tarde.
Pero
la hora de empezar a allanar el camino, y
hacer los primeros movimientos en esa dirección
ya ha llegado: es ahora mismo.
A
la larga, la política cultural articulada
sobre la gestión de la admisión y disipación
de novedad se hará de una forma cada vez más
distribuida y acabará siendo uno de los
objetos principales de la democracia
participativa. Ahora lo que se debe hacer es
crea condiciones para abrir camino en esa
dirección. La estructura de la administración
pública y del poder político han de cambiar
mucho para que sea posible avanzar en esta
dirección. En este esfuerzo colectivo, la
mediación burocrática y tecnócrata debe ir
menguando a medida que la población vaya
asumiendo cuotas de responsabilidad colectiva
y competencia ciudadana.
El
diseño del futuro debe entenderse, por tanto
y fundamentalmente, como un ejercicio para
crear la condiciones que permitan a la población
calibrar con precisión la introducción de
novedad en el sistema social.
La
asimilación de novedad
en función de
la edad de la gente y
el estado de la cultura
Según
lo que observamos todos los días, los niños
y los jóvenes son quienes tienen más
capacidad para aprender, o lo que es lo mismo,
los que parecen más aptos para afrontar y
asimilar la novedad. Por el contrario, las
personas mayores parece que son las que están
más retraídas frente a la novedad.
Es
como si, a medida que las personas van
envejeciendo, se refugiaran cada vez más en
la confirmación. Se diría que, a medida que
las fuerzas disminuyen, la disposición para
afrontar la novedad disminuye igualmente.
A
bote pronto, esas observaciones sugieren que
existe una relación entre el vigor de la
juventud y la capacidad para afrontar la
novedad. Asumir esta conclusión nos llevaría
a considerar que las sociedades más jóvenes
(una gran proporción de gente joven en su pirámide
de población) son las que deberían ser más
aptas para afrontar la novedad. Otra manera de
decirlo sería afirmar que las sociedades más
envejecidas deberían ser las menos capaces
para afrontar la novedad.
Pero
el caso es que esas deducciones no encajan con
la realidad. Antes de entrar de lleno en la
discusión sobre lo que ocurre con las
poblaciones jóvenes y las poblaciones
envejecidas, será necesario revisar que es lo
que pasa exactamente con cada uno de los
distintos grupos de edad.
Grupos
de edad y
proceso de la novedad
Sobre
los niños y los jóvenes, lo primero
que se debe decir es que, aún siendo capaces
de recibir grandes cantidades de novedad, su
capacidad para procesar inputs paradójicos es
muy limitada. Frente a cualquier estímulo con
componentes antagónicos, se polarizan en uno
u otro extremo. Como se sabe, los más jóvenes
experimentan la realidad en términos de
“blanco o negro”, de “buenos o malos”,
de “fobia o filia”, de “aceptación o
rechazo”. Esta característica es lo que
explica que los jóvenes suelen tener
reacciones más radicales. Eso les impide
disfrutar de apreciaciones más maduras,
complejas y precisas de la realidad.
La
predisposición hacia las reacciones
radicalizadas de los jóvenes suele ser también
una característica de las culturas más jóvenes.
Las personas que viven en el seno de esas
culturas incluso si son adultas o de edad
avanzada, pueden tener también reacciones
polarizadas y reduccionistas. No es raro, por
consiguiente,que en esas culturas los fenómenos
como el fundamentalismo, la demonización, el
fanatismo o el maniqueísmo afloren con
facilidad entre amplias capas de la población.
Los
adultos han perdido una parte del
empuje de la juventud. Pero su capacidad de
aprendizaje es muy variable. Depende de su
entrenamiento en procesar novedad. Depende de
si se han anquilosado o se han continuado
formando, depende de sus hábitos y estilos de
vida, de la riqueza o dureza de su entorno
económico y social.
Un
adulto de 45 años que ha hecho trabajo manual
desde la adolescencia, que ha vivido siempre
en condiciones de penuria económica, sin
tener buenas perspectivas profesionales ni
experiencias en formación tiene, una
capacidad limitada para hacer frente a la
novedad. En cambio, otra persona de 45 años
con estudios superiores que ha mantenido
siempre un ritmo muy vivo de aprendizaje,
autodidacta insaciable e impenitente, que
dedica mucho tiempo a su formación, que
disfruta de una posición económica
desahogada, que viaja continuamente y que
tiene varios proyectos profesionales
excitantes entre manos que sabe promover con
éxito, es una persona capaz de afrontar más
cantidad de novedad.
Entre
adultos, la capacidad para generar y asimilar
novedad es muy variable y depende poco de la
edad.
Respecto
a la capacidad para afrontar novedad de las personas
mayores el panorama es también variable.
El repliegue frente a la novedad varia mucho
según sea la biografía de cada cual. Sin
embargo, desde un punto de vista meramente
estadístico, lo que predomina es un retroceso.
De
todas formas, en las sociedades más maduras,
el estadio de la vida adulta dura más tiempo
y el deterioro biológico ocasionado por el
envejecimiento tiende a empezar más tarde y
ser más lento. Todo ello debe conducir a
revisar el concepto de envejecimiento y todas
las instituciones sociales que están
relacionadas con él.
Sociedades
jóvenes y
sociedades “envejecidas"
Todas
esas consideraciones son las que me inducen a
considerar que la capacidad de asimilación de
la novedad, aún estando mediatizada por el
vigor físico y mental, también está muy
condicionada culturalmente. Por lo tanto no es
incongruente que haya sociedades con pocos jóvenes
y muchas personas mayores que exhiben una alta
capacidad para producir y asimilar novedad, en
los compuestos más potentes.
Hay
sociedades “envejecidas”, que en realidad
son la que crean, acogen y procesan más
cantidad de novedad. En esas sociedades, la
formación de los jóvenes dura más tiempo.
Es donde el ingreso al estadio adulto tarda más
en producirse. Es en donde el período de vida
adulta de dilata por más tiempo.
Ahora,
encima, es justo en esas sociedades donde se
insinúa que la formación y el aprendizaje
dejan de ser una actividad propia de los jóvenes
para convertirse en una actividad permanente
de toda la población que va a durar toda
la vida.
Con
ocasión de la explosión de las nuevas
comunicaciones, se plantea la necesidad de
organizar una recapacitación permanente de
toda la población, con el fin de evitar
bolsas de personas excluidas (16) que
pudieran quedar privadas de los beneficios de
estas transformaciones.
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