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Las
corrientes de comunicación en el interior del
cuerpo, en el nivel más bajo, no son, sin
embargo, los únicos flujos que influyen en la
actividad de la persona. Como todo el mundo
sabe, la acción humana está también
fuertemente condicionada por la comunicación
que a) cada uno establece consigo mismo, por
medio de la actividad mental y emocional, y b)
por la que mantiene con su entorno físico y
social.
Según
lo que postula el paradigma de la comunicación,
la persona es el resultado de un número
incalculable de corrientes de comunicación y,
por ende, su naturaleza última está
indisolublemente ligada a la comunicación.
A
partir de este postulado, se percibe con toda
plenitud cual es el significado último de la
introducción de novedad. Una persona poco
expuesta a la novedad tiende a convertirse en el
resultado de un catálogo cerrado de flujos de
comunicación. Sin ninguna introducción de
novedad, las corrientes de comunicación que dan
forma y contenido a la persona se repiten y se
reproducen de forma similar a lo largo del
tiempo.
Bajo
tales circunstancias, la persona podrá crecer
cuantitativamente solo hasta cierto punto, pero
no podrá crecer cualitativamente, porque su
desarrollo requiere la introducción
indeterminada de novedad, que es la única cosa
que puede producir cambios de naturaleza.
Función
de la novedad
en la propagación
de la persona
La
persona es un fenómeno que se sustancia con el
paso del tiempo. Es un fenómeno que se modifica
a medida que se propaga. Lo que postula el
paradigma de la comunicación es que la
introducción de novedad es un factor primordial
para el mantenimiento y la potenciación de la
persona y de su vitalidad.
Pero,
en consonancia con la perspectiva teórica que
estamos discutiendo, para obtener el máximo
rendimiento, la introducción de novedad debe
producirse en una medida y a un ritmo
determinados, adecuados para cada cual. El
aumento de la dosis de novedad debe estar acompañado
por un incremento proporcional de la capacidad
para asimilarla. O, dicho de otra forma, se
necesita aumentar la capacidad para disipar
convenientemente la carga emocional que
despierta el impacto de la novedad.
Esto es lo que define uno de los
objetivos primordiales del diseño del futuro
inmediato.
Cuando
la exposición a la novedad, con el paso del
tiempo, disminuye
por debajo de lo que sería conveniente, la
persona se empobrece y su vitalidad se reduce.
Si la exposición se incrementa más deprisa de
lo que la persona puede afrontar, también se
empobrece y su vitalidad se debilita igualmente.
Finalmente,
si la exposición a la novedad es errática, la
persona envejece igualmente y su vitalidad también
retrocede. Por errática quiero decir una
exposición que en ocasiones es excesiva y en
ocasiones insuficiente y nunca o raramente la que
correspondería.
La
vitalidad, a la larga, solo aumenta bajo
condiciones sostenidas de una exposición
adecuada.
Como
resumen, se puede decir que cualquier desviación
respecto del eje del crecimiento cualitativo
deteriora a la persona y la disminuye. En este
punto, la conclusión principal es que la
introducción apropiada de novedad en cada
momento y para cada persona es la única
escapatoria posible, lo único que puede
salvarla de la decadencia.
Función
de la
introducción de novedad
en la propagación de la sociedad
Las
relaciones entre novedad, vitalidad y otros
conceptos asociados que hemos analizado hasta
ahora, al hablar de la persona, son muy
similares y aplicables a la sociedad. Esto es
debido a que tanto la persona como la sociedad
son sistemas que se propagan en el tiempo y que
resultan de los procesos de comunicación en los
que
están involucrados.
Tal
como vamos a ver más adelante, la sociedad se
despliega de forma eficiente y sostenida cuando
se enriquece con procesos adecuados de admisión
y disipación de novedad. Una sociedad que se aísla
y se hace impermeable a la novedad es una
sociedad que se estanca, que deja de madurar, se
desacelera y finalmente entra en decadencia.
La
frontera entre la expansión y la decadencia se
delimita según sea el compuesto global de
novedad/confirmación que procesa la sociedad.
Si
el ratio se escora hacia la confirmación, la
sociedad se debilita e inicia un proceso
realimentado hacia la decadencia. Si el ratio se
desplaza excesivamente hacia la novedad, la
sociedad puede verse abocada hacia un punto de
bifurcación, de resultados inciertos. En ese
punto, lo mismo se puede producir una pérdida
neta en el estado de organización precedente,
como producir súbitamente un estado más
avanzado de organización. Ese vendría a ser el
juego de la ruleta rusa con la novedad.
Esta
es, muy esquemáticamente, la mecánica de la
introducción de novedad en la sociedad.
Naturalmente, los procesos reales son mucho más
complejos. La relación entre las proporciones
de novedad y confirmación no son, ni de lejos,
unas relaciones aritméticas, porque la novedad
puede tomar muchas formas y cualidades. Una
carga fuerte de novedad de baja calidad puede
proporcionar todos los efectos adversos de una
carga de novedad y ninguno de sus efectos
beneficiosos.
Con
la confirmación ocurre una cosa parecida. Una
sociedad se puede dedicar al cultivo y la
recuperación de ciertas tradiciones puramente
anecdóticas, carentes de significado profundo o
bien intensificar la conciencia de las partes más
nobles y poderosas de su identidad.
Como
es lógico, la combinación más productiva que
uno puede imaginar está hecha de las
novedades “que tocan”, en función del
proceso evolutivo de cada momento, y de la
confirmación de las partes más nobles y
consistentes de las raíces.
Ese
sería, más o menos, el panorama general,
considerando a la sociedad en su conjunto. Pero
si descendemos un peldaño, entonces veremos la
sociedad como un conjunto de instituciones
sociales. Ahí lo que se ve es que el grado de
envejecimiento de las instituciones sociales da
una medida de la capacidad de la sociedad para
hacer frente al alud de novedad.
Debo
insistir en que la situación de Europa es
delicada porque tenemos, de un lado un sistema
de instituciones sociales bastante envejecido y
de otro un flujo entrante de novedad que crece
exponencialmente. Este flujo se constituye
fundamentalmente del desarrollo tecnológico y
de la expansión de nuevo conocimiento que están
siendo generados fundamentalmente en otro ámbito
cultural
Como
ya hemos visto más arriba, una institución
envejecida es un atractor de confirmación que
repele la novedad. Por eso, no de puede decir
que el bagaje institucional europeo sea el más
adecuado para afrontar con éxito los años que
se avecinan.
Pero
lo que me interesa poner especialmente de
relieve aquí es que para todo el mundo y también
para Europa, el diseño del futuro inmediato
debe pasar necesariamente por la formulación de
una estrategia de rejuvenecimiento
institucional. No es suficiente con plantear políticas
de introducción de las nuevas comunicaciones
entre la población. Será necesario, además,
emprender acciones muy bien diseñadas para
desencadenar procesos de rejuvenecimiento
institucional.
Todas
esas ideas nos llevan a considerar que la parte
más crítica de la gestión de una sociedad es
aquella que determina la admisión de novedad y
la construcción de condiciones para una
disipación eficiente. Esta gestión ha de
consistir, sobre todo, en una política de
rejuvenecimiento institucional que debe diseñarse
teniendo en cuenta la mecánica de la
novedad/confirmación.
Lamentablemente,
este no ha sido todavía nunca un objetivo explícito
de gobierno, ni una preocupación importante por
parte de la ciudadanía. De todas maneras, todo
indica que lo va a ser muy pronto.
La
gestión de la evolución de la sociedad en el
siglo XXI será, antes que otra cosa, una obra
de ingeniería cultural. Si en épocas todavía
recientes, los asuntos militares y, más tarde,
los temas económicos han sido las tareas
primordiales de gobierno, durante los próximos
años, la política cultural y la ingeniería
institucional se convertirán en el objeto
principal del gobierno.
La
aceleración de los cambios va a reclamar una
gestión muy fina del proceso de la novedad.
Dentro de poco todo se va a ver relacionado con
la eficacia de la gestión de la admisión y la
disipación de la novedad.
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