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DE
CÓMO AFRONTAMOS
COLECTIVAMENTE LA NOVEDAD
Las
ciencias sociales describen cómo determinados
hechos, situaciones y marcos institucionales
afectan a la vida de las personas. Sabemos que
estos elementos dan forma y contenido a la
actividad social y moldean la manera de vivir
y la forma de actuar de la gente.
Las
personas vivimos bajo el influjo de normas y
bajo la influencia de valores. Estamos así
mismo condicionados por una estructura económica
y por la manera en que la población está
asentada sobre el territorio.
La
vida de las personas está igualmente influida
por la atmósfera que proporciona el uso de un
determinado idioma, por el ambiente que
destila el sistema monetario existente, por la
tecnología que se usa, por las
infraestructuras que están disponibles, por
la actitudes, las afinidades ideológica, las
convicciones y las creencias. La vida de cada
individuo está afectada por las estructuras
cognitivas que utiliza para comprender e
interpretar la realidad y más en general por
la cultura en la que se halla sumergido y por
la subcultura a la que pertenece.
Hay,
por tanto, una ingente cantidad de elementos
materiales e inmateriales que conforman,
cincelan o afectan en alguna medida el
comportamiento humano. Esta pléyade de
elementos que planean sobre la vida de la
gente, tiene la función capital de esculpir
el comportamiento, de manera que podríamos
llamarlos genéricamente los configuradores
de la actividad.
Desde
el punto de vista de la mecánica de la
novedad, lo primero que debo destacar es que
los configuradores de la actividad son
objetos sociales, a menudo muy cristalizados
que, al menos hasta ahora, han actuado como
atractores de confirmación.
Los
configuradores de la actividad pueden
hallarse amalgamados en conjuntos de elementos
estrechamente interrelacionados. Cuando ocurre
eso, tenemos que hablar de instituciones
sociales.
Las
instituciones sociales son ámbitos
peculiares. Cuando una persona ingresa en una
institución determinada (un marco académico,
un trabajo, una familia, un colectivo
profesional, una administración pública, un
hospital o una institución militar, por
ejemplo), lo primero que ocurre es que debe
conformar su comportamiento a los
requerimientos de la institución. Con
frecuencia esos requerimientos han sido
avasalladores y frente a ellos la
individualidad se ahoga y se ensombrece.Reacción
de las
instituciones sociales
frente a la novedad
Cuando
analizamos la composición de una institución,
vemos inmediatamente que todo su contenido
viene a ser como el sedimento de unos hechos y
unas situaciones que acontecieron en el
pasado.
La
normas que encontramos, por ejemplo, son un
reflejo de las situaciones y las necesidades
que existían en el momento de su
institucionalización. Los valores que están
vigentes son la expresión de aquello que, en
el pasado, se consideraba admirable o valioso.
Las formas de pensar, las pautes d actuación,
los hábitos y la maneras de sentir que exige
la institución son también un sedimento
procedente de un momento distante, en el
tiempo.
Al
revisar el estado de las instituciones
sociales actuales, uno se percata enseguida de
que son configuradores de la actividad
que, procedentes del pasado, intentan
imponerse sobre el presente y pretenden dar
forma al futuro. Es por este motivo que las
instituciones sociales han actuado a menudo
como repelentes de la novedad.
Es
importante destacar esta característica,
sobre todo en un momento como el actual de
intensa aceleración de aparición de novedad.
Al reflexionar sobre esta ingente marea de
novedad que se acerca, debemos ser conscientes
de que las instituciones sociales son a menudo
refractarias a la novedad y que ese efecto
puede frenar y retrasar nuestra transición
hacia la sociedad de la comunicación.
Es
sin embargo igualmente indispensable señalar
que no todas las instituciones presentan el
mismo grado de impermeabilidad frente a la
novedad. En realidad, su apertura depende de
la ósmosis que mantienen con su realidad
circundante. Una institución muy cerrada
rechaza más fácilmente la novedad que una
institución más abierta y aireada.
Así,
una empresa muy expuesta a la competencia en
el seno de un mercado libre y abierto será
capaz de admitir más novedad que una empresa
monopolista, que actúa al abrigo de los
rigores de la competición y que goza en
exclusiva de un mercado cautivo. Una institución
académica clásica será mucho más
refractaria a la novedad que una academia que
debe luchar cada día para poder sobrevivir.
Una administración pública esclerotizada será
más impermeable a la novedad que otra
administración que intensifica sus relaciones
con los ciudadanos y con el mundo circundante.
El
grado a abertura de una institución social
frente a la novedad depende también, lógicamente,
de la antigüedad de sus orígenes. En
general, se puede decir que una institución
con raíces muy antiguas, experimentará más
dificultades para metabolizar la novedad que
otra de origen más reciente. Con la edad, las
instituciones también tienden a envejecer.El
envejecimiento
de las instituciones
La
mayor parte de las instituciones sociales, en
los momentos iniciales de su vida, cuando se
está produciendo su proceso de
institucionalización, responden a algo y, por
tanto, se puede decir que nacen frescas y
abiertas. Pero con el paso del tiempo, se
esclerotizan y tienden a cerrarse y
enranciarse. Sus pautas de acción primigenias
tenían un objeto que sabían satisfacer, pero
más tarde esas mismas pautas acaban transformándose
en rituales.
Con
el paso del tiempo, en los rituales el objeto
original de la acción pasa a segundo término
y aquello que inicialmente era una estrategia
efectiva para tratar con la realidad se
convierte en una liturgia que acaba justificándose
por sí misma.
El
repliegue de las instituciones sobre sí
mismas, a medida que envejecen, se manifiesta
también en que se transforman en entornos
sobreprotegidos. Si inicialmente eran
plataformas de combate, con la edad se
bunkerizan. Entronces fácilmente se
convierten en reductos parasitarios que viven
a expensas de su entorno. Esa tendencia a
maximalizar su seguridad y minimizar el riesgo
es igualmente sintomática del envejecimiento
de una institución social.
A
medida que se esclerotizan, las instituciones
sociales tienden a hacer que las relaciones
internas entre sus miembros devengan cada vez
más formales. Con frecuencia esto se acompaña
con una intensificación de los flujos de
comunicación en sentido vertical. De esta
manera, la estructura se hace cada vez más
jerárquica e impersonal.
Bajo
tales condiciones, las relaciones de
comunicación entre sus miembros son cada vez
menos genuinas y pierden frescor y
espontaneidad.
Al
hablar del envejecimiento de las instituciones
sociales es necesario precisar que una
institución formalmente constituida en una
fecha reciente, puede sin embargo estar vieja.
Si al crear una institución nueva (por
ejemplo una universidad, un hospital o una
administración pública), se plasma en sus
normas escritas las pautas propias de una
institución envejecida, a pesar de su
juventud cronológica, heredará el mismo
grado de envejecimiento que encierra el modelo
que la ha inspirado. Este efecto será
avasallador cuando las personas que se
encuadren en la nueva organización proceden
también del ámbito institucional que ha
servido de modelo.
Desde
el punto de vista normativo y con el tiempo,
las instituciones sociales tienden a acumular
normas de todo tipo. La producción de
reglamentaciones y protocolos se hace
incontinente y las instituciones envejecidas
se delatan por el mero hecho de ser ambientes
de muy alta densidad normativa. A la larga o
queda prácticamente nada que no haya sido
regulado o prescrito. Las regulaciones llegan
a ser tan exhaustivas y agobiantes que, con la
norma en la mano, todo el mundo está en
falso. A estas alturas, surge la norma de
saltarse las normas y empiezan a proliferar
las morales dobles.
Como
es lógico, se produce un proceso paralelo en
el campo de los valores. Se observa una
duplicidad de valores entre los valores que se
proclaman y los valores que esculpen el
comportamiento diario de la gente.
En
general, se puede decir que una institución
envejecida se convierte en una fortaleza en la
que el esfuerzo primordial consiste en lograr
la autodefensa y la autojustificación.
Es
de esta manera que las instituciones
envejecidas llegan a ser atractores de
confirmación y repelentes de novedad.
Este hecho es muy importante para comprender
las distintas velocidades que se observan en
el proceso de transición hacia la sociedad de
la comunicación La
diferencia de velocidad entre los Estados
Unidos de América y Europa en la carrera
hacia la sociedad de la comunicación se
deben, en gran medida, a la esclerotización
de las instituciones sociales europeas. Esta
apreciación es imprescindible para poder diseñar
una estrategia política que permita alcanzar
a la economía americana, tal como ahora se
propone
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(13)
En el momento de escribir estas líneas
(Febrero del 2000), junto antes de la
cumbre de Lisboa, el primer ministro
portugués que se dispone a presidir la
Unió, ha anunciado un plan de 10 años
para poner a la economía europea al
mismo nivel de la economía americana |
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