La insensibilidad es una precondición de la crueldad. En realidad, la crueldad se basa en la incapacidad de aquel que la ejerce para percatarse del drama de su víctima. La presa es, ante todo, un objeto de deseo, un motivo de ira, pero nunca un sujeto en el que se reconocen emociones y angustias que valen tanto como las propias. Para ejercer la crueldad se requiere considerar que las emociones de la víctima valen menos y es tanto más fácil si se lograr creer que no valen nada.
En esta ausencia de empatía, hay una especie de incomunicación emocional y en ello puede verse que la crueldad es una carencia o un desarreglo de la comunicación. Es por este motivo que la crueldad no siempre es necesariamente culposa. La falta de piedad de un depredador que siega la vida de su presa es una crueldad inocente, como lo es la de los niños que se ensañan con un compañero de juegos.
La culpabilidad se relaciona con la capacidad de percatarse de la magnitud del dolor infligido. Entre humanos, sin embargo, hay sujetos que encuentran excitación y regocijo precisamente en la contemplación del dolor de la víctima. Aquí habría que reconocer una ausencia de inocencia, una crueldad más maligna e intencionada.
El hecho de que algunos humanos sean capaces de ensañarse deliberadamente pone aparentemente en entredicho la teoría de que la crueldad resulta de una deficiencia de la comunicación. Sin embargo, aún en esos casos, el dolor de la víctima es una fuente de excitación y de ceguera, y no un motivo de lucidez sobre la verdadera tragedia de la transacción. La identificación con la emoción de víctima continúa ausente y en la conciencia del agresor, cuando hay algo, sólo hay un espectáculo de dolor que sirve para enardecerlo todavía más.
En todas las transacciones en las que alguien sufre una pérdida, sin encontrar a cambio compensación alguna, aparece la misma ausencia o malformación de la comunicación, y esto es lo que deseo subrayar.
En la depredación la perspectiva del botín obscurece cualquier otra consideración. En las relaciones parasitarias, el parásito se afierra a su anfitrión tanto como puede, puesto que en ello va el mantenimiento de su modus vivendi. En las relaciones necróticas el placer perverso del quebranto del otro y de la propia destrucción lo anegan todo.
Mecánica de las transacciones
Desde un punto de vista económico, lo más importante es que tanto la depredación como el parasitismo y la necrosis no crean nada. En la depredación y en el parasitismo sólo hay una mera traslación de recursos. En la necrosis hay una pérdida neta.
Sólo la simbiosis crea algo que antes no existía y lo agrega al conjunto. Esta observación tiene validez general y se puede aplicar a todas las formas de interacción. Tanto si hablamos de transacciones de masa biológica, como si hablamos de dinero, de conocimiento o de energía vital. Solo las interacciones de naturaleza simbiótica agregan algo al conjunto. Las otras modalidades de intercambio podrán beneficiar temporalmente a alguien, pero no generan nada que no existiera antes, de una forma o de otra.
Las relaciones simbióticas parecen pertenecer a otro dominio en el que el principio de la conservación de la energía (*) no se aplica. |