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Las
maniobras de injerencia a lo largo del proceso
Una
persona que habita todavía en la primera fase se siente
muy predispuesta a luchar para preservar su entorno
inmaterial tal cual es. Una persona en la cuarta fase
puede ocasionalmente verse obligada a luchar por preservar
los inmateriales que usa, pero, sobre todo, su lucha se
dirige fundamentalmente a modificarlos y mejorarlos.
Una
persona que aún habita en la primera fase, está todavía
recluida en la óptica de la guerra de valores y se siente
inclinada a luchar para expandir su entorno inmaterial e
imponerlo a los demás. Esta característica persiste en
la segunda y en la tercera fase pero pierde intensidad
gradualmente. Una persona en la cuarta fase, por el
contrario, se hace menos invasiva y no se siente tan
interesada en imponer sus recetas a los demás. Piensa más
bien que cada persona y cada grupo debe seguir su propio
camino, hallando el sendero que le pertenezca y asumiendo
sus propias responsabilidades y retos.
Ya
he sugerido antes de pasada que, a menudo, el impulso
invasivo se disfraza de ayuda. En las primeras fases,
aquellos que habitan un entorno inmaterial distinto son
percibidos como seres inferiores e infortunados y «desfavorecidos»
que todavía no conocen «la verdad», que aún no
disfrutan de «lo bueno» y que permanecen extraviados en
formas de vida de calidad inferior.
De
esta manera, la ayuda a «los más desfavorecidos»
frecuentemente es una coartada que camufla un impulso más
profundo y generalmente inconsciente que consiste en
querer imponer a los demás las recetas propias.
En
las dos primeras fases, el proselitismo toma sus formas más
cruentas y despiadadas, como las guerras santas y las
cruzadas. Más tarde pueden adoptar la forma de un
esfuerzo «pacificador y civilizador».
En
la tercera fase las cosas empiezan a ser distintas. El
impulso invasivo persiste pero reviste formas más
benignas y más cercanas al altruismo. Aquí la ayuda se
centra más en el interés y las necesidades del ayudado,
pero la relación que se construye es todavía una relación
de dependencia.
El
que ayuda todavía propone sus soluciones técnicas, sus
propuestas filosóficas y sus ideas religiosas, y en el
fondo no ha renunciado aún a ejercer su hegemonía sobre
aquellos que son ayudados. De esta manera, el que recibe
la ayuda continua acorralado en una posición de
dependencia. A veces, la ayuda recibida arrastra al
ayudado hasta posiciones acomodaticias, aquellas que son
propias del que lo espera todo del exterior mientras
renuncia a una búsqueda interior. De esta manera se
contribuye poco en la erección de la independencia del
ayudado.
En
la cuarta fase, la ayuda se hace más abiertamente
altruista pero, sobre todo, se hace simbiótica. El
impulso invasivo se sublima y pierde las ansias de
dominación. Las transacciones robustecen la independencia
de las partes. De la dependencia se pasa a la
independencia y las partes pueden finalmente construir su
propia identidad y seguir su propio camino. El más fuerte
ya no está enajenado en el esfuerzo requerido para
mantener su dominación sobre el débil. El débil puede
ya salir del extravío de su debilidad. El más fuerte ya
no depende del débil para mantener su fuerza, ni el débil
depende del fuerte para escapar de su debilidad. El fuerte
se percata de que debe buscar la fuerza en su interior y
el débil se da cuenta de que hallará en su interior los
obstáculos que le impiden zafarse de su debilidad.
La
cuarta fase es el lugar en el que las relaciones cambian
de fundamento y alcanzan las condiciones indispensables
para que la Vida desencadene todo su potencial.
Trivialización
de los logros en la cuarta fase
En
la cuarta fase no cuenta demasiado cuál es el punto en
que cada uno se encuentra. No es demasiado importante que
uno esté arriba o abajo, en una etapa o en otra. No
importa demasiado el hecho de ser el primero o el último.
No hay la obsesión del logro medido en relación con el
logro del otro.
Lo
que interesa realmente es la calidad de la progresión.
Para una persona en la cuarta fase, los récords
absolutos son aspectos triviales y meramente anecdóticos
de la existencia. Así, una persona aún en primera fase
que logra una progresión vigorosa resultará más
admirable que otra más «avanzada» pero complacida y
amodorrada en logros previamente conseguidos. En la cuarta
fase, lo que interesa es sacar el máximo partido de
aquello que cada uno puede hacer y acercarse al máximo a
lo que cada uno desea alcanzar.
Desde
otro punto de vista distinto, se ve que lo que cuenta es
el trayecto y, sobre todo, cuales son los aspectos
cruciales de cada paso. Es decir, las consideraciones
sobre la progresión, la estrategia del recorrido, la
elección de los proyectos, el análisis de las
iniciativas factibles y las estrategias que son necesarias
para generar la fuerza y la ilusión en cada recodo del
camino.
El
espíritu pionero
En
las primeras fases los humanos no habían podido
experimentar de una forma tan directa la creación de
nueva realidad inmaterial. Nunca antes las personas se habían
lanzado a un viaje tan audaz hacia las profundidades de lo
desconocido.
En
la cuarta fase empieza a ser concebible un cambio de
naturaleza en la condición humana. Un cambio capaz de
proporcionar al hombre la posibilidad de hacer evolucionar
su condición humana.
Las
personas y los grupos que alcanzan la cuarta fase son los
que están en mejores condiciones para aclimatarse a los
cambios que se avecinan, por rápidos y profundos que éstos
sean.
Aspectos
del proceso de ductilización
Los
valores2 a lo largo del proceso
Las
cosas antiguas gozan siempre de buena reputación en tanto
que las cosas presentes carecen de valor.
Tácito,
55
En
la primera y la segunda fase las fuentes de legitimación
se basan en la tradición. La «verdad» y los valores se
buscan en el pasado. Las dogmas capitales se encuentran en
las leyendas y en los documentos más antiguos; en las
gestas de los antepasados, en los símbolos y las epopeyas
ligadas a los muertos. Parece como si cuanto más antigua
sea la fuente, más legitimidad proporciona. Los axiomas
fundamentales se vinculan a los orígenes mismos de la
humanidad, y, a veces, incluso antes, remontándose a la
creación del universo.
Nada
que no proceda del pasado parece ser suficientemente legítimo.
Lo que pertenece al presente se percibe como algo anodino
que carece de importancia. Las pautas de comportamiento
también están prescritas por las tradiciones. Los
argumentos aquí son simples y contundentes: «Hay que
hacerlo de esta forma porque
siempre se ha hecho así».
En
las etapas iniciales de la ductilización no se tiene
conciencia de la historicidad. Más tarde, cuando la gente
empieza a percatarse de los cambios que ocurren a lo largo
del tiempo, se tiende a percibir la historia como un
proceso cíclico y no se espera que nada realmente nuevo
vaya a ocurrir.
Se considera que la naturaleza humana, con todas sus
miserias y grandezas ha sido, es y será siempre la misma
hasta el fin de los tiempos.
Con
estas actitudes no es, por tanto, extraño que el futuro
se represente como una especie de repetición del pasado y
que se postule y glorifique su recuperación.
En
la segunda fase y al principio de la tercera, el pasado es
todavía importante pero lo que cuenta en la práctica es
el presente. En este tramo del proceso, la relación con
los valores se hace peculiar. Los valores que se exhiben
cuando uno se manifiesta, son los valores del pasado, pero
los que uno usa realmente para encauzar su vida son los
que están ligados al presente. Las consideraciones
asociadas al «aquí y ahora», el dinero que se necesita,
las perspectivas profesionales que se ambicionan, la
seguridad que se anhela y la gratificación que se exige
de inmediato, son las consideraciones
principales que inspiran los valores que se
practican.
Así
que, con la segunda fase empieza un calvario de
incongruencia moral. Se aparentan los valores del pasado,
pero se usan los valores del presente.
En
la tercera fase las consideraciones sobre el futuro
empiezan a insinuarse. Las preocupaciones más
fundamentales se desligan en cierto modo del pasado y del
presente. La gente aquí ya no piensa sólo en lo
inmediato. Empieza a pensar también a medio y largo plazo
y se empiezan a tener en cuenta valores ligados a aquello
que parece deseable a la larga. Lo valioso empieza a
medirse aquí en términos de futuro lejano y, por lo
tanto, los valores empiezan a «proceder» del futuro.
Las
incongruencias morales, sin embargo, no desaparecen. Sólo
cambian de ingredientes. La gente en tercera fase, y según
sea la ocasión, proclama los valores del pasado o del
presente, que son los más aceptados socialmente, pero en
la práctica empieza a usar valores ligados a
consideraciones de futuro lejano. Cosa que no debe
confundirse con las preocupaciones por el futuro que eran
propias de las fases anteriores. En las fases anteriores,
como ya ha quedado dicho, las preocupaciones por el futuro
eran meras proyecciones del presente o del pasado. En la
tercera fase, cuando se piensa en valores del futuro, se
reflexiona realmente en función de futuros aún inéditos,
que son distintos de la mera proyección de los anhelos añorados.
Viendo
las cosas en conjunto se puede decir que hay una especie
de incoherencia moral a lo largo del proceso y que es
propia del recorrido entre el principio y el final, entre
la primera fase y la última. Durante el trayecto hay un
infierno de incongruencia en el que se aparentan unos
valores, en tanto que se usan otros.
En
la cuarta fase ese infierno no desaparece pero se
desculpabiliza, en el sentido de que ya no es necesario
aparentar nada. La gente de cuarta fase puede usar simultánea
o alternativamente valores procedentes del pasado o del
presente o del futuro, sin que ello sea motivo de escándalo,
al menos para sus compañeros de fase. De todas maneras, y
en conjunto, en la cuarta fase los valores del futuro
predominan sobre los demás.
Lo
valioso ya no es tanto lo que ha ocurrido, lo que está
ocurriendo o lo que está a punto de ocurrir, sino lo que
se quiere que ocurra a la larga. En la cuarta fase, las
consideraciones sobre los futuros posibles son las fuentes
de inspiración para cincelar valores, para establecerlos,
y para adoptarlos.
Es
cierto que en todas las fases la gente piensa alguna cosa
sobre lo que quiere para el futuro. Lo que cambia, a
medida que avanza el proceso, es la fuente de inspiración.
Como ya dije, al principio, el futuro deseado se
representa proyectando los valores del pasado. Al final,
hay una proyección simultánea de valores del pasado, del
presente y del futuro.
La
representación gráfica de los impulsos éticos en la
primera fase sería una flecha que apunta hacia atrás. Más
tarde, en las fases intermedias, sería un círculo que se
cierra sobre si mismo y que se despliega en el tiempo como
si fuera un tirabuzón. En la cuarta fase la imagen sería
la de una espiral o la de una curva exponencial que
penetra en lo desconocido, sin dejar por ello de estar
conectada con las raíces.
En
cierto sentido, la visión del hombre en la cuarta fase
abarca un horizonte más amplio que sobrevuela lo
inmediato y los anclajes antiguos. Es
una visión de síntesis que se desvincula del tiempo y
del espacio y que, por lo tanto, tiende a salirse de la
historia.
Evolución
de lo sagrado
En
la antigüedad, las fuerzas naturales más obvias, como el
sol, las aguas enfurecidas, el relámpago, el trueno o las
tempestades fueron elevados a la categoría de lo sagrado
y, con frecuencia deificados.
Luego,
a medida que estas fuerzas empezaron a ser comprendidas y
controladas, perdieron su lustre sobrenatural y se
hicieron profanas. Lo sagrado se desplaza entonces hacia
otras fuerzas más intangibles. Así, lo sagrado empieza a
estar relacionado con lo inmaterial. A lo largo del
proceso de ductilización se observa cómo lo sagrado
retrocede y se desplaza desde el reino de la naturaleza
material al dominio de la realidad inmaterial.
De
una forma más general, lo que un día fuera sagrado se
torna profano mientras otros objetos y otras fuerzas aún
indescifrables adquieren la condición de sagradas. En un
momento ulterior, los elementos sagrados de última
generación terminan también haciéndose profanos, en
tanto que aparece una nueva generación de elementos
sagrados. Y así sucesivamente repetidas veces, a medida
que avanza la comprensión de la realidad y la capacidad
para manejarla.
La
noción de lo sagrado parece, por lo tanto, estrechamente
asociada a la incapacidad para manejar fuerzas poderosas,
que no se acaban de comprender. Tan pronto como empiezan a
ser comprendidas, se hacen profanas y la frontera de lo
sagrado retrocede otra vez.
Correspondencia
entre los elementos considerados
Cada
gran salto en las comunicaciones se corresponde con cada
uno de los sucesivos desgajamientos de grupos humanos. Y
cada uno de esos desgajamientos, a su vez, se correlaciona
con las distintas fases del proceso de ductilización.
Como
muestra esquemáticamente la ilustración 13, la
desmomificación del corsé inmaterial tiene diferentes
grados en los diferentes tipos de sociedad. La
correspondencia entre las sociedades preindustriales y las
primeras fases es bastante obvia. En líneas generales, la
primera y la segunda fase pertenecen al período que va
desde los orígenes del hombre hasta nuestros días. La
tercera fase parece más propia de las sociedades de transición en tanto que la cuarta fase estaría más
ligada a las sociedades
posteriores a la transición.
Sin
embargo, esas correspondencias se hacen imprecisas
especialmente a partir de la industrialización. En el
seno de las sociedades industriales y postindustriales
conviven individuos que se encuentran en distintas fases
del proceso.
La
diversidad se expande
Dibujé
la ilustración 14 para intentar esquematizar las
correspondencias entre las fases de ductilización y los
desgajamientos, pero para mi gusto sale demasiado plana y
reduccionista.
Una
representación visual algo más precisa mostraría que
hay una diversidad se expande en dos direcciones. Por una
parte, en las sociedades preindustriales, prácticamente
la totalidad de la población está en primera fase. En
las sociedades industriales aparece un grupo relativamente
importante de personas en la segunda fase, pero continúa
habiendo mucha gente que no ha abandonado aún la primera
fase.
En
las sociedades postindustriales surge el grupo de personas
que se aventuran ya en la tercera fase. Estas personas
conviven con la gente que está todavía en las dos fases
anteriores. Finalmente, en las sociedades
de transición, continúa habiendo gente de las tres
primeras fases a tiempo que aparece un grupo significativo
de gente de cuarta fase. Se observa, por lo tanto un
incremento de la diversidad social en términos de las
formas de relacionarse con los inmateriales.
El
otro aspecto de la diversidad se refiere a la composición
interna de cada uno de esos grupos. Con variaciones, las
personas de primera fase, incluso si pertenecen a culturas
diversas, comparten modos comunes de relacionarse los
inmateriales. En este sentido, las personas de la primera
fase son un grupo relativamente homogéneo. Entre las
personas de segunda fase, esa homogeneidad inicial se
resquebraja y más tarde se agrieta abiertamente en la
tercera fase. En la cuarta fase existe ya una gran
heterogeneidad en las formas de relacionarse con la
cultura y, más en general, con los inmateriales.
En
conjunto, el proceso
de ductilización del entorno inmaterial muestra una
evolución inequívoca desde la homogeneidad hasta la
diversidad. Esta diversidad creciente es la consecuencia lógica
de: i) el progresivo ablandamiento de las coerciones
culturales, y de ii) la más plena expresión y
profundización de las peculiaridades personales de cada
individuo.
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