Josep Burcet Llampayas

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Cambio cultural
Las tendencias más profundas
del cambio cultural

II

Proceso de ductilización

Domesticación de los intangibles
(extraido de "Ingeniería de Intangibles")

Las maniobras de injerencia a lo largo del proceso

 Una persona que habita todavía en la primera fase se siente muy predispuesta a luchar para preservar su entorno inmaterial tal cual es. Una persona en la cuarta fase puede ocasionalmente verse obligada a luchar por preservar los inmateriales que usa, pero, sobre todo, su lucha se dirige fundamentalmente a modificarlos y mejorarlos.

Una persona que aún habita en la primera fase, está todavía recluida en la óptica de la guerra de valores y se siente inclinada a luchar para expandir su entorno inmaterial e imponerlo a los demás. Esta característica persiste en la segunda y en la tercera fase pero pierde intensidad gradualmente. Una persona en la cuarta fase, por el contrario, se hace menos invasiva y no se siente tan interesada en imponer sus recetas a los demás. Piensa más bien que cada persona y cada grupo debe seguir su propio camino, hallando el sendero que le pertenezca y asumiendo sus propias responsabilidades y retos.

Ya he sugerido antes de pasada que, a menudo, el impulso invasivo se disfraza de ayuda. En las primeras fases, aquellos que habitan un entorno inmaterial distinto son percibidos como seres inferiores e infortunados y «desfavorecidos» que todavía no conocen «la verdad», que aún no disfrutan de «lo bueno» y que permanecen extraviados en formas de vida de calidad inferior.

De esta manera, la ayuda a «los más desfavorecidos» frecuentemente es una coartada que camufla un impulso más profundo y generalmente inconsciente que consiste en querer imponer a los demás las recetas propias.

En las dos primeras fases, el proselitismo toma sus formas más cruentas y despiadadas, como las guerras santas y las cruzadas. Más tarde pueden adoptar la forma de un esfuerzo «pacificador y civilizador».

En la tercera fase las cosas empiezan a ser distintas. El impulso invasivo persiste pero reviste formas más benignas y más cercanas al altruismo. Aquí la ayuda se centra más en el interés y las necesidades del ayudado, pero la relación que se construye es todavía una relación de dependencia.

El que ayuda todavía propone sus soluciones técnicas, sus propuestas filosóficas y sus ideas religiosas, y en el fondo no ha renunciado aún a ejercer su hegemonía sobre aquellos que son ayudados. De esta manera, el que recibe la ayuda continua acorralado en una posición de dependencia. A veces, la ayuda recibida arrastra al ayudado hasta posiciones acomodaticias, aquellas que son propias del que lo espera todo del exterior mientras renuncia a una búsqueda interior. De esta manera se contribuye poco en la erección de la independencia del ayudado.

En la cuarta fase, la ayuda se hace más abiertamente altruista pero, sobre todo, se hace simbiótica. El impulso invasivo se sublima y pierde las ansias de dominación. Las transacciones robustecen la independencia de las partes. De la dependencia se pasa a la independencia y las partes pueden finalmente construir su propia identidad y seguir su propio camino. El más fuerte ya no está enajenado en el esfuerzo requerido para mantener su dominación sobre el débil. El débil puede ya salir del extravío de su debilidad. El más fuerte ya no depende del débil para mantener su fuerza, ni el débil depende del fuerte para escapar de su debilidad. El fuerte se percata de que debe buscar la fuerza en su interior y el débil se da cuenta de que hallará en su interior los obstáculos que le impiden zafarse de su debilidad.

La cuarta fase es el lugar en el que las relaciones cambian de fundamento y alcanzan las condiciones indispensables para que la Vida desencadene todo su potencial.

Trivialización de los logros en la cuarta fase

 En la cuarta fase no cuenta demasiado cuál es el punto en que cada uno se encuentra. No es demasiado importante que uno esté arriba o abajo, en una etapa o en otra. No importa demasiado el hecho de ser el primero o el último. No hay la obsesión del logro medido en relación con el logro del otro.

Lo que interesa realmente es la calidad de la progresión. Para una persona en la cuarta fase, los récords absolutos son aspectos triviales y meramente anecdóticos de la existencia. Así, una persona aún en primera fase que logra una progresión vigorosa resultará más admirable que otra más «avanzada» pero complacida y amodorrada en logros previamente conseguidos. En la cuarta fase, lo que interesa es sacar el máximo partido de aquello que cada uno puede hacer y acercarse al máximo a lo que cada uno desea alcanzar.

Desde otro punto de vista distinto, se ve que lo que cuenta es el trayecto y, sobre todo, cuales son los aspectos cruciales de cada paso. Es decir, las consideraciones sobre la progresión, la estrategia del recorrido, la elección de los proyectos, el análisis de las iniciativas factibles y las estrategias que son necesarias para generar la fuerza y la ilusión en cada recodo del camino.

El espíritu pionero

 En las primeras fases los humanos no habían podido experimentar de una forma tan directa la creación de nueva realidad inmaterial. Nunca antes las personas se habían lanzado a un viaje tan audaz hacia las profundidades de lo desconocido.

En la cuarta fase empieza a ser concebible un cambio de naturaleza en la condición humana. Un cambio capaz de proporcionar al hombre la posibilidad de hacer evolucionar su condición humana.

Las personas y los grupos que alcanzan la cuarta fase son los que están en mejores condiciones para aclimatarse a los cambios que se avecinan, por rápidos y profundos que éstos sean.

 

 Aspectos del proceso de ductilización

Los valores2 a lo largo del proceso 

Las cosas antiguas gozan siempre de buena reputación en tanto que las cosas presentes carecen de valor.

Tácito, 55

 En la primera y la segunda fase las fuentes de legitimación se basan en la tradición. La «verdad» y los valores se buscan en el pasado. Las dogmas capitales se encuentran en las leyendas y en los documentos más antiguos; en las gestas de los antepasados, en los símbolos y las epopeyas ligadas a los muertos. Parece como si cuanto más antigua sea la fuente, más legitimidad proporciona. Los axiomas fundamentales se vinculan a los orígenes mismos de la humanidad, y, a veces, incluso antes, remontándose a la creación del universo.

Nada que no proceda del pasado parece ser suficientemente legítimo. Lo que pertenece al presente se percibe como algo anodino que carece de importancia. Las pautas de comportamiento también están prescritas por las tradiciones. Los argumentos aquí son simples y contundentes: «Hay que hacerlo de esta forma porque siempre se ha hecho así».

En las etapas iniciales de la ductilización no se tiene conciencia de la historicidad. Más tarde, cuando la gente empieza a percatarse de los cambios que ocurren a lo largo del tiempo, se tiende a percibir la historia como un proceso cíclico y no se espera que nada realmente nuevo vaya a  ocurrir. Se considera que la naturaleza humana, con todas sus miserias y grandezas ha sido, es y será siempre la misma hasta el fin de los tiempos.

Con estas actitudes no es, por tanto, extraño que el futuro se represente como una especie de repetición del pasado y que se postule y glorifique su recuperación.

En la segunda fase y al principio de la tercera, el pasado es todavía importante pero lo que cuenta en la práctica es el presente. En este tramo del proceso, la relación con los valores se hace peculiar. Los valores que se exhiben cuando uno se manifiesta, son los valores del pasado, pero los que uno usa realmente para encauzar su vida son los que están ligados al presente. Las consideraciones asociadas al «aquí y ahora», el dinero que se necesita, las perspectivas profesionales que se ambicionan, la seguridad que se anhela y la gratificación que se exige de inmediato, son las consideraciones  principales que inspiran los valores que se practican.

Así que, con la segunda fase empieza un calvario de incongruencia moral. Se aparentan los valores del pasado, pero se usan los valores del presente.

En la tercera fase las consideraciones sobre el futuro empiezan a insinuarse. Las preocupaciones más fundamentales se desligan en cierto modo del pasado y del presente. La gente aquí ya no piensa sólo en lo inmediato. Empieza a pensar también a medio y largo plazo y se empiezan a tener en cuenta valores ligados a aquello que parece deseable a la larga. Lo valioso empieza a medirse aquí en términos de futuro lejano y, por lo tanto, los valores empiezan a «proceder» del futuro.

Las incongruencias morales, sin embargo, no desaparecen. Sólo cambian de ingredientes. La gente en tercera fase, y según sea la ocasión, proclama los valores del pasado o del presente, que son los más aceptados socialmente, pero en la práctica empieza a usar valores ligados a consideraciones de futuro lejano. Cosa que no debe confundirse con las preocupaciones por el futuro que eran propias de las fases anteriores. En las fases anteriores, como ya ha quedado dicho, las preocupaciones por el futuro eran meras proyecciones del presente o del pasado. En la tercera fase, cuando se piensa en valores del futuro, se reflexiona realmente en función de futuros aún inéditos, que son distintos de la mera proyección de los anhelos añorados.

Viendo las cosas en conjunto se puede decir que hay una especie de incoherencia moral a lo largo del proceso y que es propia del recorrido entre el principio y el final, entre la primera fase y la última. Durante el trayecto hay un infierno de incongruencia en el que se aparentan unos valores, en tanto que se usan otros.

En la cuarta fase ese infierno no desaparece pero se desculpabiliza, en el sentido de que ya no es necesario aparentar nada. La gente de cuarta fase puede usar simultánea o alternativamente valores procedentes del pasado o del presente o del futuro, sin que ello sea motivo de escándalo, al menos para sus compañeros de fase. De todas maneras, y en conjunto, en la cuarta fase los valores del futuro predominan sobre los demás.

Lo valioso ya no es tanto lo que ha ocurrido, lo que está ocurriendo o lo que está a punto de ocurrir, sino lo que se quiere que ocurra a la larga. En la cuarta fase, las consideraciones sobre los futuros posibles son las fuentes de inspiración para cincelar valores, para establecerlos, y para adoptarlos.

Es cierto que en todas las fases la gente piensa alguna cosa sobre lo que quiere para el futuro. Lo que cambia, a medida que avanza el proceso, es la fuente de inspiración. Como ya dije, al principio, el futuro deseado se representa proyectando los valores del pasado. Al final, hay una proyección simultánea de valores del pasado, del presente y del futuro.

La representación gráfica de los impulsos éticos en la primera fase sería una flecha que apunta hacia atrás. Más tarde, en las fases intermedias, sería un círculo que se cierra sobre si mismo y que se despliega en el tiempo como si fuera un tirabuzón. En la cuarta fase la imagen sería la de una espiral o la de una curva exponencial que penetra en lo desconocido, sin dejar por ello de estar conectada con las raíces.

En cierto sentido, la visión del hombre en la cuarta fase abarca un horizonte más amplio que sobrevuela lo inmediato y los anclajes antiguos. Es una visión de síntesis que se desvincula del tiempo y del espacio y que, por lo tanto, tiende a salirse de la historia.

Evolución de lo sagrado

En la antigüedad, las fuerzas naturales más obvias, como el sol, las aguas enfurecidas, el relámpago, el trueno o las tempestades fueron elevados a la categoría de lo sagrado y, con frecuencia deificados.

Luego, a medida que estas fuerzas empezaron a ser comprendidas y controladas, perdieron su lustre sobrenatural y se hicieron profanas. Lo sagrado se desplaza entonces hacia otras fuerzas más intangibles. Así, lo sagrado empieza a estar relacionado con lo inmaterial. A lo largo del proceso de ductilización se observa cómo lo sagrado retrocede y se desplaza desde el reino de la naturaleza material al dominio de la realidad inmaterial.

De una forma más general, lo que un día fuera sagrado se torna profano mientras otros objetos y otras fuerzas aún indescifrables adquieren la condición de sagradas. En un momento ulterior, los elementos sagrados de última generación terminan también haciéndose profanos, en tanto que aparece una nueva generación de elementos sagrados. Y así sucesivamente repetidas veces, a medida que avanza la comprensión de la realidad y la capacidad para manejarla.

La noción de lo sagrado parece, por lo tanto, estrechamente asociada a la incapacidad para manejar fuerzas poderosas, que no se acaban de comprender. Tan pronto como empiezan a ser comprendidas, se hacen profanas y la frontera de lo sagrado retrocede otra vez.

Correspondencia entre los elementos considerados

Cada gran salto en las comunicaciones se corresponde con cada uno de los sucesivos desgajamientos de grupos humanos. Y cada uno de esos desgajamientos, a su vez, se correlaciona con las distintas fases del proceso de ductilización.

Como muestra esquemáticamente la ilustración 13, la desmomificación del corsé inmaterial tiene diferentes grados en los diferentes tipos de sociedad. La correspondencia entre las sociedades preindustriales y las primeras fases es bastante obvia. En líneas generales, la primera y la segunda fase pertenecen al período que va desde los orígenes del hombre hasta nuestros días. La tercera fase parece más propia de las sociedades de transición en tanto que la cuarta fase estaría más ligada a las sociedades posteriores a la transición.

Sin embargo, esas correspondencias se hacen imprecisas especialmente a partir de la industrialización. En el seno de las sociedades industriales y postindustriales conviven individuos que se encuentran en distintas fases del proceso.

La diversidad se expande

Dibujé la ilustración 14 para intentar esquematizar las correspondencias entre las fases de ductilización y los desgajamientos, pero para mi gusto sale demasiado plana y reduccionista.

Una representación visual algo más precisa mostraría que hay una diversidad se expande en dos direcciones. Por una parte, en las sociedades preindustriales, prácticamente la totalidad de la población está en primera fase. En las sociedades industriales aparece un grupo relativamente importante de personas en la segunda fase, pero continúa habiendo mucha gente que no ha abandonado aún la primera fase.

En las sociedades postindustriales surge el grupo de personas que se aventuran ya en la tercera fase. Estas personas conviven con la gente que está todavía en las dos fases anteriores. Finalmente, en las sociedades de transición, continúa habiendo gente de las tres primeras fases a tiempo que aparece un grupo significativo de gente de cuarta fase. Se observa, por lo tanto un incremento de la diversidad social en términos de las formas de relacionarse con los inmateriales.

El otro aspecto de la diversidad se refiere a la composición interna de cada uno de esos grupos. Con variaciones, las personas de primera fase, incluso si pertenecen a culturas diversas, comparten modos comunes de relacionarse los inmateriales. En este sentido, las personas de la primera fase son un grupo relativamente homogéneo. Entre las personas de segunda fase, esa homogeneidad inicial se resquebraja y más tarde se agrieta abiertamente en la tercera fase. En la cuarta fase existe ya una gran heterogeneidad en las formas de relacionarse con la cultura y, más en general, con los inmateriales.

En conjunto, el proceso de ductilización del entorno inmaterial muestra una evolución inequívoca desde la homogeneidad hasta la diversidad. Esta diversidad creciente es la consecuencia lógica de: i) el progresivo ablandamiento de las coerciones culturales, y de ii) la más plena expresión y profundización de las peculiaridades personales de cada individuo.

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