| Cambio
cultural
Las tendencias más profundas
del cambio cultural
Proceso
de ductilización
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segunda edición del Agujero Blanco ya está
disponible.
260 páginas, en formato pdf
Más
información |
Domesticación de los
intangibles
(extraído de "Ingeniería de
Intangibles")
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El
camino del hombre a través de la historia ha sido una
sucesión de conquistas en el dominio de su medio material. La capacidad para controlar la «naturaleza», para
comprenderla, transformarla, moverse en su seno y
aprovechar sus posibilidades ha sido una constante a lo
largo de toda la historia. Y si, en los orígenes, el
hombre se encontraba totalmente a merced de su entorno
material; los sucesivos logros acumulados le han permitido
ir mejorando su capacidad para comprenderlo, usarlo y
transformarlo.
Ahora,
de una manera semejante, parece iniciarse un proceso análogo,
sólo que esta vez en relación con el entorno inmaterial. Se empieza a vislumbrar qué es lo que hay en ese
entorno, cómo actúa sobre nosotros y de qué manera su
modificación conlleva consecuencias sobre lo que somos,
lo que hacemos, lo que sentimos y hacia donde vamos.
En líneas
generales, el proceso de domesticación del entorno
inmaterial parece tener cuatro fases.
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Primera fase |
En
la primera fase, los hombres no son conscientes de la
existencia de los factores intangibles que dan forma y
contenido a su existencia. Consideran que sus
convicciones, sus signos de identidad, sus creencias y, en
general, toda la cultura en la que están inmersos, así
como las demás condiciones inmateriales que rodean su
existencia, constituyen un orden permanente que no se debe
modificar. Este orden es, para ellos, la expresión
más genuina de lo que es «natural». |
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En
este estadio, las individuos no son capaces de percibir
ninguna frontera entre ellos mismos y los recursos
inmateriales que están utilizando. Creen que esos recursos
constituyen la esencia misma de su naturaleza, es decir, creen que ellos son eso. Creen además que su manera de ser es la expresión más
genuina de la condición humana y que las demás maneras,
usuales entre otras gentes de otros lugares, son de
calidad inferior, menos naturales, a veces extravagantes o
peligrosas e, incluso en ocasiones, hasta perversas o
detestables.
Cuando
algún aspecto de su entorno inmaterial es percibido como
algo externo, tienden a considerarlo como algo sagrado,
perenne, intocable y perteneciente a un orden superior.
Cualquier
posibilidad de modificación de sus circunstancias
culturales es percibida en esta fase como una afrenta a lo
que es lógico, natural y de sentido común. La
posibilidad de cambios en su manera de ser aparece como
una amenaza gravísima contra lo que es más vital y
sagrado.
Los
fenómenos de fanatismo, fundamentalismo, xenofobia y el concepto de
guerra santa son usuales entre los grupos que se
encuentran todavía en esta fase. Muchos individuos no
dudan en dar la vida en defensa de sus creencias, su etnia
o su cultura, en la seguridad de obtener a cambio una vida
plena e indefinida en el mejor de los paraísos. Las
atrocidades, la crueldad y el exterminio de los
adversarios fácilmente aparecen como actividades legítimas
que son necesarias para preservar o expandir la «verdadera»
naturaleza humana, a saber, su propio orden inmaterial.
En
esta primera fase, los hombres se sienten libres, pero en
realidad están muy lejos de ser dueños de su existencia.
Su vida se desarrolla en la observancia estricta de pautas
y prescripciones rígidas que se entienden inmutables. En
términos más generales, las personas que se encuentran
en esta fase están totalmente sumergidas y a merced de
las condiciones inmateriales que conforman su existencia.
La
capacidad de cambio de los pueblos y los individuos que se
encuentran en la primera fase es prácticamente nula. Y
permanece de esta guisa a menos que acierten a desplazarse
hasta la segunda fase.
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Segunda fase |
En
la segunda fase hay un primer distanciamiento respecto de
las prescripciones culturales. Las personas y los pueblos
que han alcanzado esta fase empiezan a percatarse de que
sus acciones están influidas por sus opiniones y su
manera de ver las cosas. Saben que su existencia está
condicionada por normas y convenciones, por las
estructuras económicas y sociales en las que se
encuentran y por otras prescripciones culturales de
diversa índole. |
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En
esta segunda fase, las personas empiezan a ser conscientes
de que sus convicciones son relativas y pueden comprender
que tendrían otras o usarían otras estructuras económicas,
otro contexto social y otras normas si hubieran vivido en
otro ámbito social, en otro lugar o en otra época.
Es
propio de esta segunda fase empezar a hacer algunas
disquisiciones teóricas sobre la contingencia de la
propia cultura. Se puede llegar a especular sobre la
relatividad de los preceptos, las convicciones, y los
valores. Pero, en la práctica, quienes se encuentran en
esta fase, difícilmente son capaces de cambiar realmente
sus pautas culturales.
Cualquier
cambio cultural, incluso si es trivial, resulta demasiado
angustioso o embarazoso. En ocasiones, los cambios de
actitud o de manera de pensar pueden ser considerados como
una traición a todo aquello que uno siempre ha sido.
Cualquier
otro cambio, incluso si es relativamente anodino, como un
cambio de profesión o de actividad, puede parecer un empeño
inaceptable. Aquellos que cambian de manera de pensar
pueden ser tachados de personas débiles o ser acusados de
falta de integridad.
En
la segunda fase cualquier otro cambio verdaderamente
importante del entorno inmaterial como sería, por
ejemplo, una hipotética modificación genética o la
adopción de conocimiento radicalmente distinto, aparece
como algo absolutamente inaceptable.
El
sentido fatalista de la existencia, tan característico de
la primera fase, persiste todavía aunque con menos fuerza
si se compara con los niveles de fatalismo usuales en el
estadio precedente.
En
la segunda fase, los hombres alcanzan un conocimiento
incipiente de las redes intangibles que los atrapan, pero
carecen de la capacidad para zafarse de ellas. La
capacidad de cambio es todavía pequeña y quienes se
encuentran en estas circunstancias difícilmente podrán
asimilar las transformaciones de un cambio profundo de las
formas de vida que podría sobrevenir durante los próximos
15 o 20 años. Las personas y los pueblos que se
encuentran en la segunda fase podrían pasar a engrosar
las bolsas de inadaptación, marginación y pobreza si no
encuentran el medio de evolucionar hacia la tercera fase.
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Tercera fase |
En
la tercera fase, los elementos que constituyen el entorno
inmaterial empiezan a ser percibidos claramente como
objetos externos, susceptibles de ser adoptados,
conservados o abandonados.
Las
pautas culturales y otros factores inmateriales dejan de
ser considerados como partes inseparables de uno mismo y
empiezan a ser percibidos como meros «compañeros de
viaje», como herramientas cuyo valor depende de su
capacidad para proporcionar aquello que se considera más
valioso o necesario. |
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En
la tercera fase, lo que la gente se pregunta es si los
objetos inmateriales que usan van a servir para encauzar
la acción que se proponen acometer o contribuyen a
moverse en la dirección que procuran seguir.
Es
por esto que en esta fase, los individuos, lo mismo que
las organizaciones, comienzan a interrogarse acerca de cómo
son y cómo deberían ser los recursos inmateriales que
están utilizando.
El
acceso a la tercera fase, como es obvio, se produce después
de trascender la segunda. Por lo tanto, el conocimiento
que se tiene del entorno inmaterial es todavía precario.
Uno sabe que los recursos inmateriales existen. Pero la
comprensión de cómo funcionan, qué son exactamente o
hasta qué punto y de que forma influyen sobre su
existencia, son cuestiones todavía difíciles de
comprender.
En
este punto, se empieza a desear una mejor comprensión del
medio intangible y de los recursos que ofrece; y se desea
empezar a domeñar sus mecanismos internos. La necesidad
de remodelar el entorno inmaterial comienza a ser
experimentada con un anhelo creciente.
En
otras palabras, en la tercera fase los hombres comienzan a
experimentar el deseo de desarrollar una ingeniería de
intangibles.
Las
personas y las organizaciones que están en la tercera
fase han generado ya actitudes y habilidades que les
permiten desarrollar su capacidad de cambio. Por lo tanto,
se trata de gente con un cierto potencial para afrontar
grandes transformaciones.
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Cuarta fase |
Una
vez se entra en la cuarta fase surgen una enorme cantidad
de nuevos problemas que requieren ser percibidos,
comprendidos y solucionados. Problemas como, por ejemplo,
la migración de un marco formal o otro, de un medio
inmaterial a otro.
Pero
la viscosidad de los intangibles es insidiosa. Su
adherencia al espíritu del hombre es tanto más fuerte
cuanto mayor ha sido el tiempo de exposición a su
influencia.
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Es
por esto que en la cuarta fase lo que uno siente es la
necesidad de desarrollar procedimientos que permitan
despegarse de los inmateriales cuyo uso se desea
abandonar. Y se desea también abreviar el tiempo
requerido para asimilar los nuevos recursos que se desean
adoptar.
Esta
agilidad de movimientos respecto de los intangibles es aquí
percibida como algo de la mayor trascendencia, por cuanto
se es ya plenamente consciente de que de ello depende la
fuerza y, sobre todo, la capacidad para sobrevivir.
El
desapego de la cuarta fase
En
la cuarta fase, ningún entorno inmaterial es considerado
como el hogar definitivo. La existencia se percibe aquí
como un movimiento continuo, como un tránsito constante
de un entorno inmaterial a otro. El crecimiento personal y
el crecimiento colectivo ya no se conciben como una mera
acumulación de bienes materiales sino, sobre todo, como
un camino que se recorre indefinidamente con el fin de
rebasar los propios límites, expandir la libertad,
robustecer la responsabilidad y acceder a una mayor
plenitud. En última instancia, lo que se quiere es
sobrevivir, pero sobrevivir en la máxima intensidad. Por
lo tanto, el principal objetivo de la acción humana en la
cuarta fase consiste en la remodelación permanente del
entorno inmaterial y en la creación de nuevos entornos
destinados a ser sucesivamente adoptados, habitados y
abandonados.
Hay
pues en la cuarta fase un cierto desapego tanto respecto
de los bienes materiales como de los bienes inmateriales.
No es, sin embargo, que este desprendimiento sea
considerado como algo especialmente virtuoso ni resulta
tampoco de la observancia de un código ético
determinado.
La
verdad es que desde la cuarta fase, el desapego ascético
es considerado como algo hueco, beatífico y un poco ridículo.
El desapego que aparece en la cuarta fase resulta, en
realidad, de un cambio de conciencia, de un cambio de
prioridades. No importa tanto lo que se es o lo que se
tiene sino, sobre todo, lo que hay que hacer para poder
vivir de una manera intensa y significativa. Por esto, lo
que interesa es el camino que se recorre, la dirección
hacia la que uno se dirige y las mejoras que se necesitan
para mejorar el marco que soporta la propia existencia.
El
desapego respecto del entorno inmaterial no indica, sin
embargo, desdén hacia la realidad intangible. Es todo lo
contrario. En ninguna otra fase precedente se había
concedido tanta atención, tanta dedicación y tanto
esfuerzo para mejorar las condiciones inmateriales de la
existencia. En ninguna otra etapa anterior las gentes habían
sido tan conscientes de la importancia del medio
inmaterial y de su papel en el despliegue de la Vida. |
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continuación |
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