Josep Burcet Llampayas

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Cambio cultural
Las tendencias más profundas
del cambio cultural

Proceso de ductilización

La segunda edición del Agujero Blanco ya está disponible. 
260 páginas, en formato pdf

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Domesticación de los intangibles
(extraído de "Ingeniería de Intangibles")

El camino del hombre a través de la historia ha sido una sucesión de conquistas en el dominio de su medio material. La capacidad para controlar la «naturaleza», para comprenderla, transformarla, moverse en su seno y aprovechar sus posibilidades ha sido una constante a lo largo de toda la historia. Y si, en los orígenes, el hombre se encontraba totalmente a merced de su entorno material; los sucesivos logros acumulados le han permitido ir mejorando su capacidad para comprenderlo, usarlo y transformarlo.

Ahora, de una manera semejante, parece iniciarse un proceso análogo, sólo que esta vez en relación con el entorno inmaterial. Se empieza a vislumbrar qué es lo que hay en ese entorno, cómo actúa sobre nosotros y de qué manera su modificación conlleva consecuencias sobre lo que somos, lo que hacemos, lo que sentimos y hacia donde vamos.

En líneas generales, el proceso de domesticación del entorno inmaterial parece tener cuatro fases.

 


Primera fase

En la primera fase, los hombres no son conscientes de la existencia de los factores intangibles que dan forma y contenido a su existencia. Consideran que sus convicciones, sus signos de identidad, sus creencias y, en general, toda la cultura en la que están inmersos, así como las demás condiciones inmateriales que rodean su existencia, constituyen un orden permanente que no se debe modificar. Este orden es, para ellos, la expresión más genuina de lo que es «natural».

En este estadio, las individuos no son capaces de percibir  ninguna frontera entre ellos mismos y los recursos inmateriales que están utilizando. Creen que esos recursos constituyen la esencia misma de su naturaleza, es decir, creen que ellos son eso. Creen además que su manera de ser es la expresión más genuina de la condición humana y que las demás maneras, usuales entre otras gentes de otros lugares, son de calidad inferior, menos naturales, a veces extravagantes o peligrosas e, incluso en ocasiones, hasta perversas o detestables.

Cuando algún aspecto de su entorno inmaterial es percibido como algo externo, tienden a considerarlo como algo sagrado, perenne, intocable y perteneciente a un orden superior.

Cualquier posibilidad de modificación de sus circunstancias culturales es percibida en esta fase como una afrenta a lo que es lógico, natural y de sentido común. La posibilidad de cambios en su manera de ser aparece como una amenaza gravísima contra lo que es más vital y sagrado.

Los fenómenos de fanatismo, fundamentalismo, xenofobia y el concepto de guerra santa son usuales entre los grupos que se encuentran todavía en esta fase. Muchos individuos no dudan en dar la vida en defensa de sus creencias, su etnia o su cultura, en la seguridad de obtener a cambio una vida plena e indefinida en el mejor de los paraísos. Las atrocidades, la crueldad y el exterminio de los adversarios fácilmente aparecen como actividades legítimas que son necesarias para preservar o expandir la «verdadera» naturaleza humana, a saber, su propio orden inmaterial.

En esta primera fase, los hombres se sienten libres, pero en realidad están muy lejos de ser dueños de su existencia. Su vida se desarrolla en la observancia estricta de pautas y prescripciones rígidas que se entienden inmutables. En términos más generales, las personas que se encuentran en esta fase están totalmente sumergidas y a merced de las condiciones inmateriales que conforman su existencia.

La capacidad de cambio de los pueblos y los individuos que se encuentran en la primera fase es prácticamente nula. Y permanece de esta guisa a menos que acierten a desplazarse hasta la segunda fase.

 


Segunda fase

En la segunda fase hay un primer distanciamiento respecto de las prescripciones culturales. Las personas y los pueblos que han alcanzado esta fase empiezan a percatarse de que sus acciones están influidas por sus opiniones y su manera de ver las cosas. Saben que su existencia está condicionada por normas y convenciones, por las estructuras económicas y sociales en las que se encuentran y por otras prescripciones culturales de diversa índole.

En esta segunda fase, las personas empiezan a ser conscientes de que sus convicciones son relativas y pueden comprender que tendrían otras o usarían otras estructuras económicas, otro contexto social y otras normas si hubieran vivido en otro ámbito social, en otro lugar o en otra época.

Es propio de esta segunda fase empezar a hacer algunas disquisiciones teóricas sobre la contingencia de la propia cultura. Se puede llegar a especular sobre la relatividad de los preceptos, las convicciones, y los valores. Pero, en la práctica, quienes se encuentran en esta fase, difícilmente son capaces de cambiar realmente sus pautas culturales.

Cualquier cambio cultural, incluso si es trivial, resulta demasiado angustioso o embarazoso. En ocasiones, los cambios de actitud o de manera de pensar pueden ser considerados como una traición a todo aquello que uno siempre ha sido.

Cualquier otro cambio, incluso si es relativamente anodino, como un cambio de profesión o de actividad, puede parecer un empeño inaceptable. Aquellos que cambian de manera de pensar pueden ser tachados de personas débiles o ser acusados de falta de integridad.

En la segunda fase cualquier otro cambio verdaderamente importante del entorno inmaterial como sería, por ejemplo, una hipotética modificación genética o la adopción de conocimiento radicalmente distinto, aparece como algo absolutamente inaceptable.

El sentido fatalista de la existencia, tan característico de la primera fase, persiste todavía aunque con menos fuerza si se compara con los niveles de fatalismo usuales en el estadio precedente.

En la segunda fase, los hombres alcanzan un conocimiento incipiente de las redes intangibles que los atrapan, pero carecen de la capacidad para zafarse de ellas. La capacidad de cambio es todavía pequeña y quienes se encuentran en estas circunstancias difícilmente podrán asimilar las transformaciones de un cambio profundo de las formas de vida que podría sobrevenir durante los próximos 15 o 20 años. Las personas y los pueblos que se encuentran en la segunda fase podrían pasar a engrosar las bolsas de inadaptación, marginación y pobreza si no encuentran el medio de evolucionar hacia la tercera fase.

 


Tercera fase

En la tercera fase, los elementos que constituyen el entorno inmaterial empiezan a ser percibidos claramente como objetos externos, susceptibles de ser adoptados, conservados o abandonados.

Las pautas culturales y otros factores inmateriales dejan de ser considerados como partes inseparables de uno mismo y empiezan a ser percibidos como meros «compañeros de viaje», como herramientas cuyo valor depende de su capacidad para proporcionar aquello que se considera más valioso o necesario.

En la tercera fase, lo que la gente se pregunta es si los objetos inmateriales que usan van a servir para encauzar la acción que se proponen acometer o contribuyen a moverse en la dirección que procuran seguir.

Es por esto que en esta fase, los individuos, lo mismo que las organizaciones, comienzan a interrogarse acerca de cómo son y cómo deberían ser los recursos inmateriales que están utilizando.

El acceso a la tercera fase, como es obvio, se produce después de trascender la segunda. Por lo tanto, el conocimiento que se tiene del entorno inmaterial es todavía precario. Uno sabe que los recursos inmateriales existen. Pero la comprensión de cómo funcionan, qué son exactamente o hasta qué punto y de que forma influyen sobre su existencia, son cuestiones todavía difíciles de comprender.

En este punto, se empieza a desear una mejor comprensión del medio intangible y de los recursos que ofrece; y se desea empezar a domeñar sus mecanismos internos. La necesidad de remodelar el entorno inmaterial comienza a ser experimentada con un anhelo creciente.

En otras palabras, en la tercera fase los hombres comienzan a experimentar el deseo de desarrollar una ingeniería de intangibles.

Las personas y las organizaciones que están en la tercera fase han generado ya actitudes y habilidades que les permiten desarrollar su capacidad de cambio. Por lo tanto, se trata de gente con un cierto potencial para afrontar grandes transformaciones.

 


Cuarta fase

Una vez se entra en la cuarta fase surgen una enorme cantidad de nuevos problemas que requieren ser percibidos, comprendidos y solucionados. Problemas como, por ejemplo, la migración de un marco formal o otro, de un medio inmaterial a otro.

Pero la viscosidad de los intangibles es insidiosa. Su adherencia al espíritu del hombre es tanto más fuerte cuanto mayor ha sido el tiempo de exposición a su influencia.

Es por esto que en la cuarta fase lo que uno siente es la necesidad de desarrollar procedimientos que permitan despegarse de los inmateriales cuyo uso se desea abandonar. Y se desea también abreviar el tiempo requerido para asimilar los nuevos recursos que se desean adoptar.

Esta agilidad de movimientos respecto de los intangibles es aquí percibida como algo de la mayor trascendencia, por cuanto se es ya plenamente consciente de que de ello depende la fuerza y, sobre todo, la capacidad para sobrevivir.

El desapego de la cuarta fase

En la cuarta fase, ningún entorno inmaterial es considerado como el hogar definitivo. La existencia se percibe aquí como un movimiento continuo, como un tránsito constante de un entorno inmaterial a otro. El crecimiento personal y el crecimiento colectivo ya no se conciben como una mera acumulación de bienes materiales sino, sobre todo, como un camino que se recorre indefinidamente con el fin de rebasar los propios límites, expandir la libertad, robustecer la responsabilidad y acceder a una mayor plenitud. En última instancia, lo que se quiere es sobrevivir, pero sobrevivir en la máxima intensidad. Por lo tanto, el principal objetivo de la acción humana en la cuarta fase consiste en la remodelación permanente del entorno inmaterial y en la creación de nuevos entornos destinados a ser sucesivamente adoptados, habitados y abandonados.

Hay pues en la cuarta fase un cierto desapego tanto respecto de los bienes materiales como de los bienes inmateriales. No es, sin embargo, que este desprendimiento sea considerado como algo especialmente virtuoso ni resulta tampoco de la observancia de un código ético determinado.

La verdad es que desde la cuarta fase, el desapego ascético es considerado como algo hueco, beatífico y un poco ridículo. El desapego que aparece en la cuarta fase resulta, en realidad, de un cambio de conciencia, de un cambio de prioridades. No importa tanto lo que se es o lo que se tiene sino, sobre todo, lo que hay que hacer para poder vivir de una manera intensa y significativa. Por esto, lo que interesa es el camino que se recorre, la dirección hacia la que uno se dirige y las mejoras que se necesitan para mejorar el marco que soporta la propia existencia.

El desapego respecto del entorno inmaterial no indica, sin embargo, desdén hacia la realidad intangible. Es todo lo contrario. En ninguna otra fase precedente se había concedido tanta atención, tanta dedicación y tanto esfuerzo para mejorar las condiciones inmateriales de la existencia. En ninguna otra etapa anterior las gentes habían sido tan conscientes de la importancia del medio inmaterial y de su papel en el despliegue de la Vida.

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