Josep Burcet Llampayas

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Civilización
I
Desgajamiento de culturas
   

     

La segunda edición del Agujero Blanco ya está disponible. 
260 páginas, en formato pdf

Más información

Sabemos que cuando aparece una nueva forma de vida más compleja, surge siempre de una forma precedente más simple. Cuando el nuevo brote es suficientemente vigoroso y viable, acaba desarrollando una identidad propia, y se desgaja del tronco vital del que procede.

En el plano estrictamente biológico, y por lo que se sabe, este mecanismo ha funcionado siempre de esta manera

Pero se da el caso de que, desde la aparición del hombre, se produce también un proceso semejante en el plano cultural. En el trance de la emergencia de la condición humana, ciertos grupos se desgajaron del resto de los prehomínidos y empezaron a evolucionar hasta producir una identidad y una cultura propias.

Más tarde, la revolución agrícola produjo una nueva ruptura. Los agricultores se diferenciaron de sus predecesores con una nueva cultura y una nueva forma de vida. Las nuevas formas de organización social, que se hacen posibles a partir de la revolución agrícola, permiten formas más refinadas y eficientes de cooperación y actividad económica.

Arborescencia de 
las formas de vida. 
Margulis, 1970

 Los asentamientos estables y la posibilidad de controlar mejor el suministro de alimentos permiten la intensificación de la comunicación. La gente tiene más tiempo para charlar, para pensar, para discutir, para adentrarse en su propia imaginación y para desarrollar fórmulas un poco más sutiles de poder político. Todo ello redunda en un aumento de la comunicación, que se hace más densa y, sobre todo, que se desarrolla en fórmulas de cooperación que antes no existían y que se agregan a las anteriores. Gracias a todas esas mejoras, las primeras comunidades agrícolas adquieren mayor poder económico, político y militar y terminan imponiendo su supremacía sobre los nómadas y los cazadores.

Revolución urbana

Algo parecido, pero a mayor escala, ocurrió cinco mil años más tarde con la aparición de las primeras ciudades. Las ciudades, tan pronto aparecen, se convierten en focos de poder. Nuevamente surgen formas de organización más complejas que proporcionan más poder, más actividad económica y, al mismo tiempo, mayor capacidad militar. Con las primeras ciudades, surgen las semillas de los primeros imperios, se desarrollan las religiones, aparece la escritura, y con ella, se plasman los primeros códigos jurídicos escritos. El comercio empieza a desarrollarse, se abren caminos por la tierra y por el mar y se establecen relaciones con lugares cada vez más remotos. El poder que surge de las ciudades es usado para realizar conquistas, someter a los vecinos y expandir las fronteras.

La aparición de las ciudades representa el fin de la prehistoria y el comienzo de la historia. En este punto acontece una nueva bifurcación y surge un tipo de cultura distinto.

Finalmente, más tarde, la revolución industrial produjo una nueva escisión que desgajó las sociedades industriales del resto de la humanidad. La industrialización hace posible la aparición y difusión de nuevos medios de transporte y comunicación que intensifican las corrientes de información y aumentan la interacción entre personas y grupos. Con todo ello, la industrialización produce una nueva cultura que se diferencia de las culturas preindustriales. El foso creado por este último desgajamiento es el más grande de todos. Y hoy en día, en los albores del siglo XXI, este foso no sólo sigue abierto sino que continúa ensanchándose cada vez más deprisa.

Los últimos en desgajarse 
entran en conflicto con aquellos 
de los que proceden

Lo que caracteriza esta dinámica de desgajamientos es el enfrentamiento que se produce entre los que permanecen en el tronco y aquellos otros que forman parte del brote que se bifurca. El enfrentamiento muchas veces está directamente relacionado con motivaciones económicas, políticas o religiosas, pero en última instancia, es un conflicto entre la cultura de los primeros y la cultura de los segundos.


Durante el desgajamiento se producen 
fuerzas encontradas entre el tronco y la 
ramificación que surge en busca de vida propia.

Hasta ahora, lo más usual ha sido que el enfrentamiento se produjera por el control de recursos escasos. Esos conflictos degeneran fácilmente en confrontación. En ocasiones, esas discrepancias desembocan en una lucha abierta y, en este caso, prvalece la supremacía del más fuerte, a saber, el último en emerger.

En estos conflictos, cada parte cree que su oponente es malvado. Cada uno piensa que la cultura propia es más justa y más humana y, por ende, superior a la de su adversario. Cada parte cree que su dios es el único verdadero y que el dios del adversario es una patraña sacrílega. Y naturalmente, todos, tanto los unos como los otros, piensan que el dios verdadero está de su parte.

Cada una de las partes se considera a sí misma como abanderada del “bien”, en tanto que percibe a sus adversarios como la personificación del “mal”.

Pero con independencia de estas consideraciones, y en equilibrio de fuerzas, la cultura que permite una comunicación más eficiente y, por ende, mejores formas de cooperación, es la que tiene más ventaja y, si está realmente resuelta a ganar, es la que termina imponiéndose.

El reciente descubrimiento de la pelvis de Elvis(*) en los yacimientos de Atapuerca ilustra elocuentemente este punto. Las hostilidades entre el hombre de Neandertal y el Homo sapiens, descendientes ambos de un tronco común terminaron con la supremacía final del Homo sapiens, que era físicamente más débil y más vulnerable pero que se comunicaba mejor y era socialmente más eficiente.

(*) ver Nature 20 May 1999, (vol. 300, No 6733)
http://www.nature.com/server-java/Propub/nature/399255A0.abs_frameset

Dentro de la evolución cultural del Homo sapiens, la aparición sucesiva de culturas sustentadas en el uso de nuevas tecnologías y formas de comunicación más eficaces, corre pareja con la intensificación simultánea de la cooperación y de la competición.

Esto ha producido una estratificación de las formas de vida humana en el planeta. Así, tenemos hoy poblaciones que viven aún en el estadio más antiguo, otras en el estadio nómada y cazador, otras en el estadio agrícola y otras que han alcanzado distintos grados de industrialización.

La coexistencia en la Tierra de todas estas culturas es motivo constante de tensiones de toda índole y también de sentimientos de inseguridad, angustia, agresividad y culpabilidad.

Vemos también que niveles desiguales de tecnología de la comunicación producen distintos niveles de rendimiento económico y que esto abre tremendas distancias culturales entre los pueblos. Estas distancias son peligrosas por su enorme potencial de conflicto. 

Pero lo que conviene subrayar es que estas distancias todavía están creciendo y que pueden continuar haciéndolo todavía más deprisa y más profundamente, de ahora en adelante. Por lo tanto, no debe excluirse la posibilidad de un nuevo desgajamiento.

Si como consecuencia del próximo salto de escala en la comunicación surgieran nuevas formas de vida, las condiciones para un nuevo desgajamiento podrían substanciarse súbitamente. En el capítulo 5 se examinan algunos escenarios de esos posibles desgajamientos.

 

Formas de desgajamiento

No todos los desgajamiento producen las mismas trifulcas. Los padres pueden devorar a sus hijos, los hijos pueden matar a sus padres, pero pueden también convivir en armonía, como los grupos desgajados pueden cohabitar igualmente con el tronco del que proceden. El hecho es que los valores que utilizan las partes involucradas tienen una influencia determinante en la forma en que el desgajamiento se consuma.

(Extraído de Ingeniería de Intangibles, Ed. Gemanía, 1997)

Continuación
2ª parte del 
"Choque de civilizaciones"


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