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Sabemos
que cuando aparece una nueva forma de vida más compleja,
surge siempre de una forma precedente más simple. Cuando
el nuevo brote es suficientemente vigoroso y viable, acaba
desarrollando una identidad propia, y se desgaja del
tronco vital del que procede.
| En
el plano estrictamente biológico, y por lo que se
sabe, este mecanismo ha funcionado siempre de esta
manera
Pero
se da el caso de que, desde la aparición del
hombre, se produce también un proceso semejante en
el plano cultural. En el trance de la emergencia de
la condición humana, ciertos grupos se desgajaron
del resto de los prehomínidos y empezaron a
evolucionar hasta producir una identidad y una
cultura propias.
Más
tarde, la revolución
agrícola produjo una nueva ruptura. Los
agricultores se diferenciaron de sus predecesores
con una nueva cultura y una nueva forma de vida. Las
nuevas formas de organización social, que se hacen
posibles a partir de la revolución agrícola,
permiten formas más refinadas y eficientes de
cooperación y actividad económica. |

Arborescencia
de
las formas de vida.
Margulis, 1970 |
Los
asentamientos estables y la posibilidad de controlar mejor
el suministro de alimentos permiten la intensificación de
la comunicación. La gente tiene más tiempo para charlar,
para pensar, para discutir, para adentrarse en su propia
imaginación y para desarrollar fórmulas un poco más
sutiles de poder político. Todo ello redunda en un
aumento de la comunicación, que se hace más densa y,
sobre todo, que se desarrolla en fórmulas de cooperación
que antes no existían y que se agregan a las anteriores.
Gracias a todas esas mejoras, las primeras comunidades agrícolas
adquieren mayor poder económico, político y militar y
terminan imponiendo su supremacía sobre los nómadas y
los cazadores.
Revolución
urbana
Algo
parecido, pero a mayor escala, ocurrió cinco mil años más
tarde con la aparición de las primeras
ciudades. Las
ciudades, tan pronto aparecen, se convierten en focos de
poder. Nuevamente surgen formas de organización más
complejas que proporcionan más poder, más actividad económica
y, al mismo tiempo, mayor capacidad militar. Con las
primeras ciudades, surgen las semillas de los primeros
imperios, se desarrollan las religiones, aparece la
escritura, y con ella, se plasman los primeros códigos
jurídicos escritos. El comercio empieza a desarrollarse,
se abren caminos por la tierra y por el mar y se
establecen relaciones con lugares cada vez más remotos.
El poder que surge de las ciudades es usado para realizar
conquistas, someter a los vecinos y expandir las
fronteras.
La
aparición de las ciudades representa el fin de la
prehistoria y el comienzo de la historia. En este punto
acontece una nueva bifurcación y surge un tipo de cultura
distinto.
Finalmente,
más tarde, la revolución industrial produjo una nueva
escisión que desgajó las sociedades industriales del
resto de la humanidad. La industrialización hace posible
la aparición y difusión de nuevos medios de transporte y
comunicación que intensifican las corrientes de información
y aumentan la interacción entre personas y grupos. Con
todo ello, la industrialización produce una nueva cultura
que se diferencia de las culturas preindustriales. El foso
creado por este último desgajamiento es el más grande de
todos. Y hoy en día, en los albores del siglo XXI, este
foso no sólo sigue abierto sino que continúa ensanchándose
cada vez más deprisa.
Los
últimos en desgajarse
entran en conflicto con aquellos
de los que proceden
Lo
que caracteriza esta dinámica de desgajamientos es el
enfrentamiento que se produce entre los que permanecen en
el tronco y aquellos otros que forman parte del brote que
se bifurca. El enfrentamiento muchas veces está
directamente relacionado con motivaciones económicas, políticas
o religiosas, pero en última instancia, es un conflicto
entre la cultura de los primeros y la cultura de los
segundos.

Durante el
desgajamiento se producen
fuerzas encontradas entre el tronco y la
ramificación que surge en busca de vida propia.
Hasta
ahora, lo más usual ha sido que el enfrentamiento se
produjera por el control de recursos escasos. Esos
conflictos degeneran fácilmente en confrontación.
En ocasiones, esas discrepancias desembocan en una lucha
abierta y, en este caso, prvalece la supremacía del más fuerte, a saber, el
último en emerger.
En
estos conflictos, cada parte cree que su oponente es
malvado. Cada uno piensa que la cultura propia es más
justa y más humana y, por ende, superior a la de su
adversario. Cada parte cree que su dios es el único
verdadero y que el dios del adversario es una patraña
sacrílega. Y naturalmente, todos, tanto los unos como los
otros, piensan que el dios verdadero está de su parte.
Cada
una de las partes se considera a sí misma como abanderada
del “bien”, en tanto que percibe a sus adversarios
como la personificación del “mal”.
Pero
con independencia de estas consideraciones, y en
equilibrio de fuerzas, la cultura que permite una
comunicación más eficiente y, por ende, mejores formas
de cooperación, es la que tiene más ventaja y, si está
realmente resuelta a ganar, es la que termina imponiéndose.
El
reciente descubrimiento de la pelvis de Elvis(*) en los
yacimientos de Atapuerca ilustra elocuentemente este
punto. Las hostilidades entre el hombre de Neandertal y el
Homo sapiens, descendientes ambos de un tronco común
terminaron con la supremacía final del Homo sapiens, que era físicamente
más débil y más vulnerable pero que se comunicaba mejor
y era socialmente más eficiente.
(*)
ver Nature 20 May 1999, (vol.
300, No 6733)
http://www.nature.com/server-java/Propub/nature/399255A0.abs_frameset
Dentro
de la evolución cultural del Homo sapiens, la aparición
sucesiva de culturas sustentadas en el uso de nuevas tecnologías
y formas de comunicación más eficaces, corre pareja con la
intensificación simultánea de la cooperación y de la
competición.
Esto
ha producido una estratificación de las formas de vida humana
en el planeta. Así, tenemos hoy poblaciones que viven aún en
el estadio más antiguo, otras en el estadio nómada y
cazador, otras en el estadio agrícola y otras que han
alcanzado distintos grados de industrialización.
La
coexistencia en la Tierra de todas estas culturas es motivo
constante de tensiones de toda índole y también de
sentimientos de inseguridad, angustia, agresividad y
culpabilidad.
Vemos
también que niveles desiguales de tecnología de la
comunicación producen distintos niveles de rendimiento económico
y que esto abre tremendas distancias culturales entre los
pueblos. Estas distancias son peligrosas por su enorme
potencial de conflicto.
Pero lo que conviene subrayar es que
estas distancias todavía están creciendo y que pueden
continuar haciéndolo todavía más deprisa y más
profundamente, de ahora en adelante. Por lo tanto, no debe
excluirse la posibilidad de un nuevo desgajamiento.
Si
como consecuencia del próximo salto de escala en la
comunicación surgieran nuevas formas de vida, las condiciones
para un nuevo desgajamiento podrían substanciarse súbitamente.
En el capítulo 5 se examinan algunos escenarios de esos
posibles desgajamientos.
No
todos los desgajamiento producen las mismas trifulcas. Los padres pueden
devorar a sus hijos, los hijos pueden matar a sus padres, pero pueden
también convivir en armonía, como los grupos
desgajados pueden cohabitar igualmente con el tronco del que proceden. El hecho es que los
valores que utilizan las partes involucradas tienen una influencia
determinante en la forma en que el desgajamiento se consuma.
(Extraído
de Ingeniería de Intangibles, Ed. Gemanía, 1997)
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