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Hasta
la época actual, los desgajamientos han tomado usualmente formas muy
cruentas, rodeadas, las más de las veces, de circunstancias dramáticas
como revoluciones, guerras y hostilidades culturales o religiosas. Pero
no puede decirse que todo eso sea inherente al acto mismo del
desgajamiento sino más bien a las circunstancias culturales que lo
rodean. Lo que sí es inherente al desgajamiento es la cohabitación de
dos culturas con dos sistemas de valores distintos.
Por
lo tanto, los desgajamientos precedentes fueron situaciones que se
desarrollaron con arreglo a mandatos morales que producían tensiones
muy graves. Si en el pasado los desgajamientos fueron traumáticos, será
que los marcos éticos existentes empujaban a las gentes hacia
situaciones dramáticas.
En
realidad, las éticas actúan como una especie de filtros que colorean
la percepción de la realidad. Así, puede decirse que existen ópticas
distintas según sean las referencias morales que se utilicen. La gente
«verá» una cosa u otra en función de la óptica que utilice y, en
consecuencia, reaccionará
de una manera o de otra.
Los
desgajamientos que se produjeron en el pasado estuvieron marcados por
dos características fundamentales. La primera es que la gente no podía
elegir entre varios marcos morales alternativos. Cada cultura tenía una
ética única y las personas no podían actuar en el exterior de ese
marco. Las gentes vivían bajo culturas férreas de las que nadie se podía
zafar. Es así que las poblaciones se galvanizaba fácilmente alrededor
de una visión única y polarizaba su acción en una sola dirección.
La
segunda característica fundamental tiene que ver con el hecho de que
esos desgajamientos se produjeron siempre utilizando lo que en otra
ocasión he llamado «la óptica de la guerra de valores».
Cuando
las diferencias culturales son percibidas con esta óptica, los valores
de los oponentes se ven como una amenaza que debe ser conjurada, como un
cuerpo extraño que debe ser extirpado. Con esta perspectiva, las
personas que tienen valores distintos son percibidas como enemigos.
Pero
lo peor es que la óptica de la guerra de valores legitima la intrusión
en la intimidad ética de los demás y hace que los intentos de imponer
los valores propios parezcan gestas admirables que se deben aplaudir y
celebrar. Lo ético aquí es a)
descalificar los valores de los demás, y b)
lograr que los oponentes adopten los valores propios.
Tales
maniobras se pueden llevar a cabo, bien de forma muy tosca o bien con
distintos grados de sutilidad. Se pueden materializar con una guerra
abierta o con críticas veladas, insidiosas y persistentes o incluso con
intromisiones disfrazadas de ayuda. En esas operaciones, la actitud básica
se asemeja a la que subyace en las disputas territoriales. De lo que se
trata es de preservar el territorio propio al tiempo que se intenta
debilitar o ganar terreno a los demás. En la práctica, esta óptica
proporciona una coartada moral que permite aumentar el poder propio y
disminuir el poder del oponente, haciendo que todo parezca un esfuerzo
decente. La lucha por el poder se hace así respetable y los intentos de
colonización moral aparecen como actividades legítimas y encomiables.
Por
el contrario, cuando se utiliza la óptica de la cohabitación, los
valores ajenos se perciben como algo que se debe tolerar, incluso cuando
resultan inquietantes. Aquí lo ético es respetar los valores de los
demás y reconocer el derecho de los extraños a ser distintos y a vivir
con arreglo a otra moral.
Esta
óptica puede tener distintas intensidades. En un extremo, la forma más
débil es la de aquellos que, aun asumiendo la necesidad de cohabitar
con valores distintos, intentan conseguir ciertas ventajas y hacen
prevalecer ciertos criterios. Si lo logran, lo festejan. Es como haber
logrado colar un gol respetando, eso sí, las reglas de juego.
En la
zona intermedia se encuentran aquellos otros que abordan los problemas
de conflicto de valores de una manera negociada. Desde esta zona, lo que
se quiere es construir soluciones de los conflictos que resulten
aceptables para todos. Para ello, las partes se esfuerzan en comprender
lo mejor posible cuáles son las necesidades y los deseos de todos,
tanto los propios como los ajenos. Los arreglos basados en esta
óptica pueden llegar a ser beneficiosos para todos y proporcionar un
marco viable para la convivencia de sistemas de valores diversos.
Finalmente,
en el otro extremo, posiblemente el más potente, está el caso de
aquellos que ven en los valores ajenos una fuente de estímulo e
inspiración para mejorar el sistema de valores propio y trascender sus
propias limitaciones. Con esta óptica, la diversidad y la presencia de
valores extraños es percibida como una posible fuente de sugerencias y
motivos de reflexión que facilitan el propio crecimiento moral.
En la
zona inferior de este parámetro hay todavía estanqueidad respecto de
los valores ajenos. En la zona intermedia, puede existir una cierta ósmosis
entre los sistemas de valores. La zona alta es la más abierta y en ella
pueden haber influencias e intercambios recíprocos que pueden
satisfacer la necesidad de crecimiento ético para cada una de las
partes en presencia.
Lo
que ha hecho traumáticos los desgajamientos ocurridos en el pasado es
que se han hecho siempre con la óptica de la guerra de valores. Los
desgajados han tratado de debilitar a aquellos de los que procedían,
como único medio posible para afirmar su nueva identidad. Sus
oponentes, los que permanecían en el estadio precedente, también
necesitaban confirmar su identidad amenazada por la aparición de unos
recién llegados que esgrimían valores nuevos, que manejaban una
parafernalia tecnológica más poderosa y que había construido una
cultura de factura más reciente.
Ambas
partes necesitaban alimentar la ilusión de poder continuar siendo lo
que creían ser y es por esto que la guerra de valores es siempre, en última
instancia, un fuego cruzado destinado a minar las ilusiones más
fundamentales de los oponentes.
La
idea de que vayan a producirse nuevos desgajamientos como consecuencia
de la aceleración de los cambios y de la explosión de las
comunicaciones, no es una idea confortable. Pero negar esa posibilidad
sería tanto como dejar de tener en cuenta la posibilidad más azarosa
de todas cuantas nos acechan. El diagnóstico que propongo es que esos
desgajamiento serán imparables y que crearán, en poco tiempo,
distancias enormes entre los que se despeguen y todos los demás.
Pero
lo malo no será el desgajamiento en sí mismo, ni siquiera las
distancias que abra entre las personas. Lo realmente malo será que no
seamos capaces de abandonar la óptica de la guerra de valores. Los
escenarios de esta posibilidad son dantescos porque la magnitud del
cambio, su velocidad y su profundidad son tremendos.
Cada
vez será más difícil convivir con las culturas que alientan y
promueven activamente el odio, la intolerancia, la crueldad y el
resentimiento. Esas culturas son las que usan la óptica de la guerra de
valores de una forma más ruda e intransigente.
En el
siglo XXI hay asuntos muy perentorios que deben ser afrontados y
resueltos: la sostenibilidad, la erradicación de la pobreza, la
protección del medio ambiente, la neutralización del terrorismo, la
educación continuada de por vida, la asimilación de la novedad y
la asunción de nueva posibilidades biológicas que, muy pronto,
serán asequibles. Pero nada es más urgente que abandonar cuanto antes
la óptica de la guerra de valores y todas las actitudes que le son
anexas.
Durante
los años que se avecinan, la óptica de la guerra de valores aparece
como la principal amenaza para la vida humana y debemos aprestarnos para
erradicarla de nuestras culturas con la toda nuestra determinación y
coraje.
La
ilustración anterior refleja de una manera esquemática los distintos
desgajamientos de la especie humana. De acuerdo con lo que sugiere, la
actual explosión de la comunicación desencadena la aparición de otros
tipos de sociedad, pero esas formas son un punte de paso hacia otro tipo
de sociedades que llamaré sociedades
posteriores a la transición.

Más
adelante trataré de los rasgos que, a mi juicio, pueden tener tanto
las sociedades de transición como las sociedades que surjan de ellas.
Por el momento, lo que deseo subrayar es que el advenimiento de las sociedades
posteriores a la transición es independiente de la velocidad de los
cambios. Tanto si las cosas se desenvuelven a través de la línea
lenta, como si lo hacen a través de la línea
rápida, el resultado final debe ser el mismo. Lo que varía, en
todo caso, es el tipo de peripecia del ínterin y su duración.
La
emergencia de las sociedades de transición ya se está fraguando y puede producirse plenamente después
que la banda ancha y las nuevas comunicaciones interactivas multimedia sean asequibles
para la mayor parte de la población y empiecen a ser usadas a gran
escala por un público amplio, es decir, presumiblemente, entre 2005 y
2010.
(Extraído
de Ingeniería de Intangibles, Ed. Gemanía, 1997)
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