Josep Burcet Llampayas

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Civilización
II
Desgajamiento de culturas
 

     

 

Marcos éticos para el desgajamiento

 Hasta la época actual, los desgajamientos han tomado usualmente formas muy cruentas, rodeadas, las más de las veces, de circunstancias dramáticas como revoluciones, guerras y hostilidades culturales o religiosas. Pero no puede decirse que todo eso sea inherente al acto mismo del desgajamiento sino más bien a las circunstancias culturales que lo rodean. Lo que sí es inherente al desgajamiento es la cohabitación de dos culturas con dos sistemas de valores distintos.

Por lo tanto, los desgajamientos precedentes fueron situaciones que se desarrollaron con arreglo a mandatos morales que producían tensiones muy graves. Si en el pasado los desgajamientos fueron traumáticos, será que los marcos éticos existentes empujaban a las gentes hacia situaciones dramáticas.

En realidad, las éticas actúan como una especie de filtros que colorean la percepción de la realidad. Así, puede decirse que existen ópticas distintas según sean las referencias morales que se utilicen. La gente «verá» una cosa u otra en función de la óptica que utilice y, en consecuencia,  reaccionará de una manera o de otra.

Los desgajamientos que se produjeron en el pasado estuvieron marcados por dos características fundamentales. La primera es que la gente no podía elegir entre varios marcos morales alternativos. Cada cultura tenía una ética única y las personas no podían actuar en el exterior de ese marco. Las gentes vivían bajo culturas férreas de las que nadie se podía zafar. Es así que las poblaciones se galvanizaba fácilmente alrededor de una visión única y polarizaba su acción en una sola dirección.

La segunda característica fundamental tiene que ver con el hecho de que esos desgajamientos se produjeron siempre utilizando lo que en otra ocasión he llamado «la óptica de la guerra de valores».

La óptica de la guerra de valores

Cuando las diferencias culturales son percibidas con esta óptica, los valores de los oponentes se ven como una amenaza que debe ser conjurada, como un cuerpo extraño que debe ser extirpado. Con esta perspectiva, las personas que tienen valores distintos son percibidas como enemigos.

Pero lo peor es que la óptica de la guerra de valores legitima la intrusión en la intimidad ética de los demás y hace que los intentos de imponer los valores propios parezcan gestas admirables que se deben aplaudir y celebrar. Lo ético aquí es a) descalificar los valores de los demás, y b) lograr que los oponentes adopten los valores propios.

Tales maniobras se pueden llevar a cabo, bien de forma muy tosca o bien con distintos grados de sutilidad. Se pueden materializar con una guerra abierta o con críticas veladas, insidiosas y persistentes o incluso con intromisiones disfrazadas de ayuda. En esas operaciones, la actitud básica se asemeja a la que subyace en las disputas territoriales. De lo que se trata es de preservar el territorio propio al tiempo que se intenta debilitar o ganar terreno a los demás. En la práctica, esta óptica proporciona una coartada moral que permite aumentar el poder propio y disminuir el poder del oponente, haciendo que todo parezca un esfuerzo decente. La lucha por el poder se hace así respetable y los intentos de colonización moral aparecen como actividades legítimas y encomiables.

 

La óptica de la cohabitación de valores

Por el contrario, cuando se utiliza la óptica de la cohabitación, los valores ajenos se perciben como algo que se debe tolerar, incluso cuando resultan inquietantes. Aquí lo ético es respetar los valores de los demás y reconocer el derecho de los extraños a ser distintos y a vivir con arreglo a otra moral.

Esta óptica puede tener distintas intensidades. En un extremo, la forma más débil es la de aquellos que, aun asumiendo la necesidad de cohabitar con valores distintos, intentan conseguir ciertas ventajas y hacen prevalecer ciertos criterios. Si lo logran, lo festejan. Es como haber logrado colar un gol respetando, eso sí, las reglas de juego.

En la zona intermedia se encuentran aquellos otros que abordan los problemas de conflicto de valores de una manera negociada. Desde esta zona, lo que se quiere es construir soluciones de los conflictos que resulten aceptables para todos. Para ello, las partes se esfuerzan en comprender lo mejor posible cuáles son las necesidades y los deseos de todos,  tanto los propios como los ajenos. Los arreglos basados en esta óptica pueden llegar a ser beneficiosos para todos y proporcionar un marco viable para la convivencia de sistemas de valores diversos.

Finalmente, en el otro extremo, posiblemente el más potente, está el caso de aquellos que ven en los valores ajenos una fuente de estímulo e inspiración para mejorar el sistema de valores propio y trascender sus propias limitaciones. Con esta óptica, la diversidad y la presencia de valores extraños es percibida como una posible fuente de sugerencias y motivos de reflexión que facilitan el propio crecimiento moral.

En la zona inferior de este parámetro hay todavía estanqueidad respecto de los valores ajenos. En la zona intermedia, puede existir una cierta ósmosis entre los sistemas de valores. La zona alta es la más abierta y en ella pueden haber influencias e intercambios recíprocos que pueden satisfacer la necesidad de crecimiento ético para cada una de las partes en presencia.

Los conflictos de valores en los procesos de desgajamiento

Lo que ha hecho traumáticos los desgajamientos ocurridos en el pasado es que se han hecho siempre con la óptica de la guerra de valores. Los desgajados han tratado de debilitar a aquellos de los que procedían, como único medio posible para afirmar su nueva identidad. Sus oponentes, los que permanecían en el estadio precedente, también necesitaban confirmar su identidad amenazada por la aparición de unos recién llegados que esgrimían valores nuevos, que manejaban una parafernalia tecnológica más poderosa y que había construido una cultura de factura más reciente.

Ambas partes necesitaban alimentar la ilusión de poder continuar siendo lo que creían ser y es por esto que la guerra de valores es siempre, en última instancia, un fuego cruzado destinado a minar las ilusiones más fundamentales de los oponentes.

Los desgajamientos que se avecinan

La idea de que vayan a producirse nuevos desgajamientos como consecuencia de la aceleración de los cambios y de la explosión de las comunicaciones, no es una idea confortable. Pero negar esa posibilidad sería tanto como dejar de tener en cuenta la posibilidad más azarosa de todas cuantas nos acechan. El diagnóstico que propongo es que esos desgajamiento serán imparables y que crearán, en poco tiempo, distancias enormes entre los que se despeguen y todos los demás.

Pero lo malo no será el desgajamiento en sí mismo, ni siquiera las distancias que abra entre las personas. Lo realmente malo será que no seamos capaces de abandonar la óptica de la guerra de valores. Los escenarios de esta posibilidad son dantescos porque la magnitud del cambio, su velocidad y su profundidad son tremendos.

Cada vez será más difícil convivir con las culturas que alientan y promueven activamente el odio, la intolerancia, la crueldad y el resentimiento. Esas culturas son las que usan la óptica de la guerra de valores de una forma más ruda e intransigente.

En el siglo XXI hay asuntos muy perentorios que deben ser afrontados y resueltos: la sostenibilidad, la erradicación de la pobreza, la protección del medio ambiente, la neutralización del terrorismo, la educación continuada de por vida, la asimilación de la novedad y  la asunción de nueva posibilidades biológicas que, muy pronto, serán asequibles. Pero nada es más urgente que abandonar cuanto antes la óptica de la guerra de valores y todas las actitudes que le son anexas.

Durante los años que se avecinan, la óptica de la guerra de valores aparece como la principal amenaza para la vida humana y debemos aprestarnos para erradicarla de nuestras culturas con la toda nuestra determinación y coraje.

Despertar de las sociedades de transición

La ilustración anterior refleja de una manera esquemática los distintos desgajamientos de la especie humana. De acuerdo con lo que sugiere, la actual explosión de la comunicación desencadena la aparición de otros tipos de sociedad, pero esas formas son un punte de paso hacia otro tipo de sociedades que llamaré sociedades posteriores a la transición.

Más adelante trataré de los rasgos que, a mi juicio, pueden tener tanto las sociedades de transición como las sociedades que surjan de ellas. Por el momento, lo que deseo subrayar es que el advenimiento de las sociedades posteriores a la transición es independiente de la velocidad de los cambios. Tanto si las cosas se desenvuelven a través de la línea lenta, como si lo hacen a través de la línea rápida, el resultado final debe ser el mismo. Lo que varía, en todo caso, es el tipo de peripecia del ínterin y su duración.

La emergencia de las sociedades de transición ya se está fraguando y puede producirse plenamente después que la banda ancha y las nuevas comunicaciones interactivas multimedia sean asequibles para la mayor parte de la población y empiecen a ser usadas a gran escala por un público amplio, es decir, presumiblemente, entre 2005 y 2010.

(Extraído de Ingeniería de Intangibles, Ed. Gemanía, 1997)

 

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