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Hoy nadie pone en
duda que las transformaciones producidas por la tecnología, la economía
y el conocimiento tendrán efectos culturales de primera magnitud.
Frente a este hecho inevitable, la política cultural deberá
facilitar estas transformaciones y potenciar la capacidad de la
población para llevarlas a cabo.
Hasta hoy, el
objeto de la política cultural se ha referido fundamentalmente a la
gestión de manifestaciones artísticas, las fiestas populares, los
museos, el teatro, la literatura, la pintura, la recuperación de prácticas
lúdicas que habían caído en desuso, etc.
Ha llegado el
momento de revisar las prioridades porque los cambios son rápidos y
profundos y van a serlo cada día más. La preparación para
afrontarlos no va a obtenerse visitando museos, participando en
grandes acontecimientos lúdicos, acudiendo a espectáculos de danza,
a conciertos o a representaciones teatrales.
Por este motivo, la
política cultural, además de continuar ocupándose de los temas
usuales de siempre, deberá abrirse hacia otros ámbitos de la
cultura, entendiendo la cultura de una manera más amplia que incluye
todas sus vertientes antropológicas, institucionales y sociológicas.
Los cambios
culturales que debemos llevar a cabo están relacionados con:
1.
la capacidad de adaptación de la gente y con su equilibrio
emocional frente a la incertidumbre, la ambigüedad y la indeterminación,
2.
La gestión de la novedad
3.
la manera de funcionar de las organizaciones,
en donde se deben cambiar hábitos, actitudes, visiones y
algunos principios muy enraizados para que se hagan más flexibles y más
abiertas a la novedad,
4.
la creación de marcos de actuación que ofrezcan a las
personas y a las instituciones un terreno en el que pueda prosperar la
creación y adopción de los cambios culturales que debemos llevar a
cabo.
En esta
encrucijada, debemos:
a)
en primer lugar, aumentar nuestro esfuerzo en el campo de la
política cultural (menos tiempo y recursos para las infraestructuras
físicas y más tiempo y recursos para el desarrollo de recursos
intangibles),
b)
identificar cuales son exactamente los nuevos ámbitos que ha
de ser objeto de la política cultural (los recursos intangibles que
sean especialmente útiles para hacer frente a los cambios)
c)
repensar las prioridades (reordenarlas en función de las
nuevas necesidades emergentes)
Un
campo paradigmático de la nueva política cultural estará
representado por los esfuerzos que hagamos en la prevención del
envejecimiento institucional y en el lanzamiento del crecimiento
cualitativo de nuestros marcos institucionales, no únicamente en el
ámbito de la institución municipal, sino también en otros ámbitos:
la empresa, la enseñanza, la sanidad, etc.
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