Reacción
emocional
frente al cambio
Para gestionar
el cambio
es necesario prestar atención a las reacciones emocionales que
suscita.
Los cambios consisten
en una serie de hechos objetivos. Pero la reacción de las personas
es siempre subjetiva. El impacto que se recibe depende de la
percepción
que cada cual hace de los hechos. Un cambio que produce una situación
más insegura
pero que ofrece más oportunidades, podrá ser percibido negativamente
por parte de una persona que estima sobre todo la seguridad.
Pero para otra más abierta a la novedad y más ambiciosa, ese
mismo cambio puede aparecer como un reto positivo y estimulante.
La velocidad con
que se desencadena el cambio también contribuye a dar forma a
la respuesta emocional. Para unos, un cambio determinado puede
resultar demasiado lento, mientras que para otros parecerá excesivamente
rápido.
Por consiguiente, podemos hablar
de personas que reaccionan positivamente y de otras que reaccionan
negativamente (*).
| (*)
Ver Managing Transitions, William Bridges, Ed. Perseus
Books, 1991, página 24
y siguientes. También se puede consultar Project
Change Management, H. James Harrington i altres, MacGraw-Hill,
2000, página 60 y siguientes. |
Finalmente,
los hay que dan una respuesta ambivalente. Su percepción del
cambio es positiva y negativa al mismo tiempo. Según cómo, pueden
estar asustados, pero en otros momentos pueden experimentar
euforia e ilusión.
CAMBIOS PERCIBIDOS
NEGATIVAMENTE
Cuando los cambios son percibidos negativamente,
se observa una concatenación de fases y estados emocionales que suelen
presentarse en este orden:
- Inmovilidad
- Negación
- Cólera
- Negociación
- Angustia
- Tristeza
- Depresión
- Asimilación
Inmovilidad
Frente a un cambio
que parece negativo, la primera reacción suele ser la inmovilidad.
En el primer momento, muchas personas se sienten confusas y desorientadas.
Son presa de una especie de estado de shock que las paraliza.
Esto puede durar horas, días o incluso semanas según sea lo que
haya ocurrido y la personalidad de cada cual.
El gestor del
cambio debe comprender y aceptar esa respuesta como una cosa
normal. No debe criticar a los afectados ni debe considerar,
en su fuero interno, que esa reacción es inapropiada.
Negación
Como ya hemos
visto, todo cambio comporta una pérdida. Se pierde una posición
conocida, la seguridad que produce el hecho de hallase en un
ambiente que resulta familiar. Eso induce a muchas personas a
negar lo que está ocurriendo: "no pasa nada".
Muchos piensan
que "no es posible" que esté aconteciendo aquello que
tienen ante sus ojos. Si la evidencia es tan abrumadora que resulta
insoslayable, habrá quienes lo acepten, pero experimentarán en
cualquier caso una fuerte predisposición a continuar "como
si nada hubiera pasado".
De esta forma,
en los momentos iniciales del impacto del cambio, la inercia
de la situación precedente continúa manifestándose con toda su
fuerza e impide o dificulta una pronta reacción y adaptación
a la nueva situación.
Si se trata de
un cambio anunciado, se puede poner en duda que llegue a producirse.
O se puede pensar que no hay para tanto, o que la información
recibida es inexacta o exagerada. Puede incluso que se piense
que "eso son tonterías" que no tienen nada que ver
con la "realidad". Esos pensamientos impiden que uno
se dé cuenta de que esa "realidad" es justamente lo
que está desapareciendo, lo que está siendo reemplazado por la
verdadera realidad, que es la que está llegando y se está instalando.
El gestor del
cambio ha de tener en cuenta que las personas afectadas están
sufriendo una pérdida. Ha de saber respetar el duelo que sufren
y abstenerse de discutir sobre esta cuestión. Debe, por el contrario,
ayudarlas a hacer una percepción más realista de lo que está pasando.
Puede también informarlas sobre el cambio que se está produciendo,
los objetivos que persigue, las ayudas que pueden ser utilizadas
para asimilar mejor el proceso y, si existen, las oportunidades
que podrían ser aprovechadas.
Cólera
Al principio,
la inmovilidad y la negación encierran a las personas en una
actitud más bien pasiva. Pero pasado este primer momento, puede
aparecer una respuesta más activa y airada, en forma de rabia
e indignación. La frustración que se experimenta, alimenta ahora
la exasperación.
La cólera puede
dirigirse hacia aquel que ha traído la noticia o bien hacia las
personas que parecen ser las causantes del cambio.
En esta etapa,
los afectados se siente muy activos, pero no utilizan esa fuerza
para asumir los hechos ni para adaptarse a la nueva situación.
Por el contrario, la aplican en el intento de mantener y defender
la situación anterior.
Los gestores del
cambio deben esforzarse en considerar que esta reacción es lógica
y no deben sentirse agraviados si son objeto de ataques personales.
Deben demostrar comprensión aunque, al mismo tiempo, debe mostrarse
firmes sobre la cuestión principal, eso es, que el cambio se
está produciendo.
Negociación
Una vez agotada
la fase de la indignación, los afectados pueden iniciar intentos
de negociación. Con esta nueva actitud, se persigue lo mismo
que en la fase anterior, a saber, intentar salvar la situación
precedente.
En otras ocasiones,
puede que intenten obtener beneficios que compensen la pérdida
sufrida. Durante los intentos de negociación, los afectados pueden
hacer propuestas de mejora o proponer soluciones que justifiquen
el mantenimiento del statu quo.
Es así mismo posible
que durante esta fase se hagan maniobras dilatorias con el objeto
de ganar tiempo y postergar el cambio.
Angustia
Después de los
intentos de negociación, empieza otra etapa caracterizada por
un aumento del estado de ansiedad y angustia. La intensidad de
esas emociones es directamente proporcional al grado de incertidumbre
que presenta la nueva situación.
En este punto,
las personas afectadas han empezado ya a reconocer que se encuentran
en una situación nueva y que el cambio ha tenido lugar.
Sin embargo, su
percepción de la nueva situación todavía es poco realista. Unos
pueden creer que la nueva situación es peor de lo que es en realidad
o, incluso, tener la impresión de que se están enfrentando a
una catástrofe.
Si se intercalan
momentos de euforia, la percepción de la nueva situación también
se distorsiona y puede inducir a creer que las oportunidades
emergentes son mucho mejores de lo que son en realidad.
Tristeza
Cuando la
angustia retrocede empieza a surgir la tristeza. Aquí se
encuentra la nostalgia que resulta de la constatación de la pérdida.
Es la aflicción que produce la evidencia de que la situación
precedente se ha hecho irrecuperable.
Todos esos sentimientos
coagulan en la etapa siguiente, cuando aparece la depresión
Depresión
La depresión que
se sufre en este punto del proceso es una reacción normal que
cualquier persona emocionalmente equilibrada puede llegar a experimentar.
Esta depresión
viene estrechamente ligada a la resignación. A estas alturas
del proceso, el cambio ya no se pone en duda, se reconoce que
se ha producido y que la situación precedente se ha desvanecido
y que pertenece al pasado.
Durante la fase
de depresión, lo que se siente es una sensación de fracaso, desamparo
e incluso desesperación. Las personas más desconfiadas pueden
tener la impresión de que todos se han vuelto en su contra, que
los amigos han fallado e, incluso, cuando la personalidad es
proclive a la paranoia, se puede llegar a sospechar que uno ha
sido objeto de una traición o que es víctima de una conspiración.
Lo más característico
de la fase depresiva es la pérdida de impulso. La capacidad de
trabajo disminuye y eso refuerza la sensación de ineptitud. La
depresión se realimenta en ese bucle y la visión de la realidad
se distorsiona todavía más.
El nivel de energía
es tan bajo que uno se siente postrado y recluido en un estado
de fatiga permanente. La fatiga aparece prematuramente. Cualquier
cosa, cualquier gestión o actividad que, en circunstancias normales
se realizaría sin ningún esfuerzo, ahora aparece como una montaña
cuya sola visión produce una sensación. Durante esta fase, la gente se hunde.
La duración de
la fase depresiva varía mucho entre una persona y otra. En
las personas emocionalmente más equilibradas, esta fase se atraviesa
y se termina. Entre otras personas con una personalidad más predispuesta a la depresión,
puede instalarse y permanecer durante mucho tiempo. Las personalidades
bipolares pueden intercalar fases de euforia y fases de abatimiento
durante mucho tiempo.
Asimilación
Una vez terminada
la fase depresiva se experimenta la sensación de recuperar el
control de la propia vida. Gradualmente se reencuentra la capacidad
de trabajo y uno empieza a sentirse abierto a nuevas oportunidades.
La percepción de la realidad mejora, se hace más realista. Entonces,
se puede decir que el cambio ya se ha comenzado a asimilar.
Fluctuación de la
respuesta emocional

CONTINUIDAD
ENTRE ETAPAS
Las
fronteras entre estas etapas emocionales son difusas. No es que
durante la primera fase de inmovilidad sólo se esté paralizado.
Se pueden experimentar también brotes de negación,
cólera o intentos de negociación. Pero predomina la
parálisis.
Algo
parecido se puede decir de las otras etapas. Por ejemplo, en la
fase de "angustia" puede haber pequeños brotes
de negación, cólera, tristeza o asimilación.
Es decir, en cada momento predominan los sentimientos
propios de ese momento pero pueden emerger pequeñas comparecencias
de estados emocionales anteriores o posteriores a ese momento.
Así,
incluso cuando la "asimilación" ya hace algún
tiempo que se ha realizado, pueden todavía aparecer de forma
esporádica estados emocionales breves que corresponden a
alguna de las etapas anteriores.
EVOLUCIÓN
DE LOS SENTIMIENTO DE IDENTIDAD
A
lo largo de estas fluctuaciones, la identidad primero se reafirma
y lucha por preservarse tal cual se experimenta. La defensa de
los deseos, los intereses y el statu quo, en realidad son una defensa
angustiada de la identidad.
Luego,
cuando el cambio comienza a percibirse como irreversible, la identidad
entra en crisis y este es el período más
duro del cambio. Ya no es posible continuar siendo lo
que se era, pero todavía no se ha llegado a ser lo nuevo.
Así que mientras se está en este intervalo "se
es poca cosa".

LA
DEVASTADORA ACUMULACIÓN DE CAMBIOS
Cuando
los cambios son numerosos e importantes, habría que poder
dosificarlos. Considérese el caso de alguien que ha sufrido
un cambio importante en su vida profesional y, después de
pasar por todo la peripecia emocional y cuando se halla en plena
crisis de
identidad, dando los primeros pasos inciertos hacia su reorientación
laboral, sufre una nueva pérdida importante (por ejemplo,
la f de un ser querido muy próximo, un divorcio o un
accidente). Entonces la crisis de identidad se agudiza todavía
más.
PUNTOS
DE INSERCIÓN DEL CAMBIO ACUMULADO
El
solapamiento de cambios importantes puede poner en peligro la identidad
sobre todo cuando el cambio nuevo se plantea justo en el peor momento
de todos, esto es cuando se está a punto
de iniciar la reconstrucción.
El
gráfico que sigue muestra distintos puntos de inserción
del nuevo cambio que se acumula. Como es lógico, la inserción
es tanto más problemática y difícil cuanto
más débil está la identidad.

La
acumulación de varios cambios que se introducen sucesivamente,
cada uno de ellos, en el momento más crítico del
proceso anterior, pondrá en serio peligro la salud del sujeto
e incluso la viabilidad de su existencia.
Considérese el caso de alguien
que sufre sucesivamente tres cambios muy importantes, que se insertan,
cada
uno de ellos
en el momento de máximo peligro. Por ejemplo:
- en
primer lugar pierde su empleo
- más
tarde, cuando se encuentra en la zona de máximo peligro, justo
en los momentos preliminares de su reorientación laboral,
sufre la pérdida de un ser querido muy próximo,
y unos meses más tarde
- se
ve forzado a hacer un cambio de domicilio a otra ciudad en donde
no tiene anclajes sociales y queda desconectado de su entorno
social anterior.
Los
efectos adversos sobre la capacidad de trabajo, la autoestima y
la salud se acumulan, haciendo que la reconstrucción de su
identidad sea cada vez más difícil e incierta.
CAMBIOS PERCIBIDOS
POSITIVAMENTE
Cuando una persona
percibe un cambio como algo positivo también pasa por distintas
fluctuaciones emocionales.
En el primer momento
no se perciben demasiado bien las dificultades y la magnitud de
los retos que deberán afrontarse. Eso puede producir un exceso
de euforia y optimismo.
A veces las imágenes
que uno alimenta pierden mesura y proporción. Bajo la influencia
de este optimismo inicial uno puede
ingenuamente creer que todo será fantástico,
fácil y asequible. Podrá aparecer entonces un
exceso de confianza y en tales condiciones es
fácil dar pasos en falso.
A medida que el
cambio se produce, empiezan a constatarse las dificultades que
plantea. Entonces la confianza inicial puede debilitarse, con el
riesgo de pasar a tener una percepción negativa del cambio.
Las personas sujetas al cambio
pueden empezar a dudar de su capacidad para llevarlo a buen fin.
Pueden
creer que los retos les desbordan y pueden sentirse
tentados a tirar la toalla. Cuando esta inflexión es muy clara, se
puede llegar a rechazar el cambio y entrar en la dinámica propia
de los cambios que parecen negativos. Si eso llega a acontecer, puede
desencadenarse toda la secuencia emocional propia de los cambios "negativos",
descrita más arriba.
Si la realización
de cambio evoluciona bien, la gente empieza a verlo más factible
y eso robustece la confianza sobre la capacidad para llevarlo a
cabo. Llegados a este punto, la percepción de lo que está aconteciendo
se hace más realista y las visiones más distorsionadas de las fases
iniciales se tornan más realistas.
A medida que el
cambio llega con éxito a sus últimas fases, y al comprobar
que los resultados
están al alcance de la mano, se registra un nuevo aumento de la
confianza y la energía.
DISFUNCIONES DE
LA
RESPUESTA EMOCIONAL
Como se ve, tanto
si el cambio es percibido positiva como negativamente, se desencadena
un verdadero calidoscopio de emociones durante un período de tiempo
que puede llegar a prolongarse durante meses.
Lo que corresponde
subrayar aquí es que durante el proceso, la percepción de la
realidad sufre distorsiones, de manera que la respuesta emocional
resulta alterada por visiones desfiguradas de la realidad lo que
redunda en una pérdida de la calidad de la acción.
De otro lado, como
ya hemos visto, mientras dura el proceso, las personas
se encuentran en baja forma. Sobre todo cuando los cambios son
percibidos como negativos, el desasosiego y la falta de confianza
son constantes. Al llegar a la fase de depresión, la vitalidad
todavía
se reduce más y se experimenta una importante
pérdida de la capacidad
de trabajo.
En general, mientras
el cambio se está produciendo, las personas se sienten desorientadas,
se ponen a la defensiva, tienen crisis de confianza y experimentan
problemas de autoestima. Todo esto tiene repercusiones directas
sobre la salud. Aumenta el absentismo, menudean las bajas por enfermedad
y las visitas al médico.
Los resentimientos
que se arrastran desde hace tiempo se reavivan, los reproches por
antiguos agravios reaparecen y pueden dar lugar a nuevos enfrentamientos.
En circunstancias de este tipo, la
gente se radicaliza. Pierde de vista la gama de grises y empieza
a verlo todo exclusivamente en blanco o en negro.
Entonces las actitudes se polarizan. Los diagnósticos son reduccionistas,
las opciones que se toman en consideración son esquemáticas,
simples y extremas. Y la gente se agrupa a favor o en contra
de posiciones
muy elementales.
La capacidad para manejar los matices y apreciar las sutilidades
se debilita o desaparece.
El malestar previo
a la estampida se apodera de la gente, la sensación de caos aumenta,
la capacidad para dar respuestas sensatas disminuye. Cuando esos
sentimientos empiezan a proliferar dentro de una organización,
la debilidad global aumenta y la organización se hace más vulnerable
a los ataques externos.
Cuando son muchas
las personas que reaccionan de esta forma al mismo tiempo, es fácil
que se produzca un proceso de realimentación.
Muchas personas juntas viviendo emociones simples y similares producen
una reverberación
que refuerza sobremanera aquello que se está sintiendo. Se puede
decir que, mientras dura el cambio, la organización
es más vulnerable y pierde transitoriamente gran parte de su capacidad
de reacción.
Todos esos efectos
son especialmente acusados en los cambios de transición,
pero lo son todavía más en los cambios de transformación,
porque las situaciones se hacen mucho más caóticas.
BENEFICIOS Y PELIGROS
DEL CAMBIO
Sin embargo el caos,
bajo ciertas circunstancias, también tiene efectos beneficiosos
que pueden ser aprovechados. Pero
es necesario saber crear un clima y un entorno que sean propicios.
En situación
de inestabilidad puede ser más fácil encontrar
soluciones para los problemas crónicos que se arastraban desde
hace tiempo.
Obstáculos
insalvables
producidos por la estabilidad
Por el contrario
y como es sabido, en situaciones estables, las fórmulas, las soluciones
y las visiones varían muy poco. Se hallan sólidamente instaladas
y, por lo tanto, es muy difícil ponerlas en cuestión y sospesar
seriamente otras alternativas que podrían ser más beneficiosas.
La estabilidad puede
que sea emocionalmente confortable, pero es también una jaula que
impide el acceso a soluciones que podrían
proporcionar alivio o facilitar salidas beneficiosas.
Toda renovación,
si es acertada y se realiza correctamente, abrirá una
vía hacia un estado mejor. Pero,
al mismo tiempo, es una peripecia peligrosa, difícil
y dolorosa. El cambio puede ser un
viaje prometedor pero comprometido durante el que, por el camino,
se
pueden perder
las ilusiones, la identidad y, en los casos peores,
hasta la piel.
Efectos negativos de los procesos de cambio mal realizados
El proceso del cambio suele durar
más de lo necesario, ocasiona más miedo y sufrimiento
del que sería estrictamente ineludible, debilita excesivamente
el sentido de la identidad durante demasiado tiempo y encima pocas
veces proporciona plenamente todo el rédito que podría proporcionar
Las
VERTIENTES DEL "GESTOR DEL CAMBIO"
La
gestión del cambio presenta varias vertientes:
- La
gestión de los cambios que cada persona experimenta personalmente.
Este tipo de "gestión" deben realizarla todas
las personas que sufren cambios personales de diferente índole
(ver la
gestión del cambio individual).
- La
gestión de los cambios que sufren las personas más
próximas que nos rodean.
- La
gestión del cambio que se está produciendo en un
grupo o una organización. Este tipo de gestión
corresponde a aquellos que deben actuar profesionalmente como
gestores del cambio.
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